Hace unos días que el Banco Mundial dio a conocer sus más recientes pronósticos mundiales para el planeta; dio también algunas recomendaciones a las economías emergentes para enfrentar las épocas de turbulencia, como la actual.

Entre otras cosas, indicaba que resulta conveniente que a los países con monedas débiles les permitan depreciarse frente a las divisas maduras, como el dólar de Estados Unidos o el euro.

No sólo en México priva el pensamiento de que un gobierno que devalúa se devalúa. Son pocos los que ven como una corrección necesaria que la moneda ajuste su tipo de cambio frente a otras divisas.

No son tantos lo que entienden que sus monedas son simplemente un reflejo de la condición económica, política y social interna, y que su ajuste por esas circunstancias es una válvula de escape, antes que un castigo.

Hay ocasiones también en que las monedas sufren ataques especulativos sin fundamentos, con claros intentos de tomar la riqueza del país que emite la divisa.

Pero al final, una depreciación que no sea radical, que sea producto de factores externos, puede resultar en la medicina para encontrar una recuperación más sana y rápida en el futuro.

Naciones europeas como Grecia o España habrían tenido un mejor desempeño frente a la crisis que se buscaron si hubieran podido devaluar sus monedas. Si los griegos hubieran mantenido el dracma y los españoles la peseta, ésa habría sido una puerta de ajuste. Pero no, la camisa de fuerza del euro y la imposibilidad de devaluar les implicó cambios muy drásticos en otros terrenos, como el fiscal y monetario, entre muchos otros ajustes que hoy mantienen a Grecia en una recesión de más de cinco años y a España apenas tocando fondo.

Pero Turquía quiere ser totalmente europeo, tiene ganas de ser parte del negocio de la moneda única. Y no hay que culpar al gobierno turco, la membresía del euro implica contar con recursos abundantes para emparejar los perfiles económicos de los socios. Al menos así solía ser.

La lira turca se deprecia como el real brasileño o el peso mexicano, al son de las presiones externas. Son monedas que no están amarradas, que tienen esa flexibilidad. Pero el banco central turco defiende su moneda, no como un perro al estilo de México, pero sí la defiende como un euro.

La determinación en contra de la opinión del gobierno del primer ministro Tayyip Erdogan fue subir brutalmente las tasas de interés de 7.75 a 12 por ciento. Todo con tal de mantener la divisa local lo más cercana a su cotización frente al dólar.

El encarecimiento del dinero local implica mejores rendimientos financieros, pero ciertamente un frenón a la economía local que no contará con dinero a buen precio para su crecimiento.

Si un país deprecia su moneda, sus exportaciones aumentan su competitividad. La mano de obra es más barata y aunque sube el precio de las importaciones, el consumo interno sufre menos que con un repunte de las tasas de interés del visto.

Las autoridades monetarias de Turquía están coqueteando con la zona euro de la Unión Europea. Es tomar una dosis de la medicina recetada en economías como la griega sin ninguna necesidad.