Tegucigalpa. Tengo una relación estrecha con Centroamérica desde hace 40 años. Mi primer contacto fue con los jesuitas centroamericanos que vinieron a estudiar Filosofía a la Provincia Mexicana. Mantengo la relación estrecha y profunda con algunos de ellos.

Después, ya en mis estudios de teología, el filósofo Ignacio Ellacuría y el teólogo Jon Sobrino, los dos de la Provincia Centroamericana, influyeron decisivamente en mi formación intelectual y también en mi manera de entender y vivir la fe.

Vinieron luego los años de mi participación en la guerrilla con las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) Farabundo Martí. En ese tiempo viví en El Salvador y Nicaragua, para hacerme cargo de tareas encomendadas por la organización en la que militaba. En los últimos 15 años he hecho consultorías para gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y organismos multilaterales en Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Nicaragua y Panamá.

Mi relación con Centroamérica, sobre todo con El Salvador, es afectiva y cercana. Me mantengo razonablemente bien informado de lo que pasa en la región. Siempre están presentes las y los compañeros que murieron en la guerra de los 80. Los recuerdo y extraño.

El lunes pasado, invitado por Casa Presidencial, estuve en la toma de posesión del nuevo presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández. La delegación oficial de México estaba integrada por el canciller José Antonio Meade y el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira.

Desde hace 40 años pienso que la presencia económica, política y cultural de México en Centroamérica debe ser mucho mayor de la que ha sido hasta ahora. Eso está en la lógica de los intereses de nuestro país y de todos los países centroamericanos.

En el Estadio Nacional de Tegucigalpa, mientras ocurría la ceremonia de traslado de poderes, me decía que el gobierno de México, junto con la empresa privada, las universidades y los hombres y mujeres de la cultura deberían lanzar un plan agresivo de presencia de México en el área.

Debe realizarse en el marco de la colaboración solidaria que contempla, entre otras muchas cosas, otorgar becas a estudiantes universitarios, financiar proyectos de desarrollo, otorgar visas a los migrantes, rescatar el patrimonio monumental e incentivar la inversión de empresas.

Siempre he pensado, lo recordaba ahora, que la Sinfónica Nacional y la Ópera de Bellas Artes, para sólo mencionar dos ejemplos, deberían tener temporadas todos los años en las capitales de los países de Centroamérica.

El embajador Gustavo Iruegas decía que nuestra frontera sur era la más compleja y la que debería tener la mayor atención de parte de las autoridades mexicanas.

Algunos pueden considerar la afirmación exagerada, pero Centroamérica, de eso no hay duda, está en la lógica del interés estratégico de México.