Ya veremos qué dice la historia de la gestión de Ben Shalom Bernanke al frente de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos. Su calificación dependerá en buena medida de cómo logre el mundo librar los efectos de los inéditos planes de liquidez que se implementaron durante su mandato.

Pero antes de leer en los libros de texto del futuro sobre las experiencias de Bernanke, hay que salir del problema que hoy enfrentan los mercados por la largamente anunciada disminución de la liquidez.

Para el banco central estadounidense, las decisiones están influidas por el ritmo de recuperación de su economía local. No parecen contar en su toma de decisiones que a la par del tapering del QE3 se presente una turbulencia iniciada por Argentina y seguida por otros países como Turquía. Ésos serían simplemente daños colaterales.

La volatilidad está garantizada y cada dato económico positivo de la economía estadounidense habrá de abonar al pesimismo sobre el desempeño de los mercados emergentes, pues la mejora sostenida de allá garantiza el cierre paulatino de la llave de los dólares.

Lo que sigue para los mercados, que perderán la zona de confort del exceso de liquidez, será la diferenciación. Salir a vocear sus ventajas competitivas para que los recursos que salen volando a la calidad encuentren un buen balance entre riesgo y rendimiento.

Las herramientas que cada país y sus bancos centrales podrán utilizar para enfrentar esta esperada turbulencia son diferentes.

Rusia defiende su rublo con intervenciones en el mercado cambiario. Turquía dispara el precio del dinero para incentivar la compra de su lira. India y Sudáfrica han sido más conservadores en sus medidas y no han podido frenar las corridas en contra de sus monedas.

Y así llegamos a México, que tiene la desafortunada combinación de los factores externos y la inestabilidad interna de la burbuja inflacionaria.

Sin embargo, ni el tapering de la Fed ni las presiones en la inflación son una sorpresa para nadie. Sabíamos que se retirarían los estímulos monetarios en cuanto mejorara la economía estadounidense y sabíamos que la agresiva miscelánea fiscal aprobada para el 2014 tendría efectos inflacionarios.

Puede ser que la devaluación de Argentina sorprendiera a algunos incautos, pero no hay nada que hoy pudiera hacer argumentar a las autoridades monetarias mexicanas que fue un cambio sorpresivo.

Si la Junta de Gobierno del Banco de México da a conocer hoy un cambio en su política monetaria y decide iniciar un proceso de incremento en su tasa de interés de referencia, sería una medida radical, aunque lógica y oportuna.

Seguramente, podría molestar al gabinete económico que pretende insistir en que las presiones inflacionarias son temporales, pero en todo caso para eso sirve la autonomía, para hacer valer el mandato central de proteger el poder de compra de la moneda.

No podría haber reclamo al Banco de México por cambiar tan drásticamente su política monetaria en tan poco tiempo, cuando tiene unos meses que terminó una racha de bajas. La realidad es que la velocidad con la que se mueven las cosas en los mercados no sólo justifica, sino que exige una reacción rápida, precisa y contundente de los cancerberos de la estabilidad inflacionaria.