Durante los últimos meses, el dólar estadounidense se ha apreciado contra la mayoría de las monedas emergentes e inclusive algunas divisas de países desarrollados, como Canadá, Australia y en menor medida Suecia.

A diferencia de los periodos anteriores de apreciación del dólar, en el 2008-2009 y en el 2011-2012, la fortaleza no se debe a un incremento en la aversión al riesgo y la subsecuente migración de recursos a activos refugio por excelencia como los bonos del Tesoro de Estados Unidos.

En esta ocasión, la apreciación se puede atribuir principalmente a los siguientes factores: i) la creciente evidencia de que la economía estadounidense está entrando en una etapa de consolidación de la recuperación; ii) muestras de que la clase política de Estados Unidos está recuperando su capacidad de lograr acuerdos en temas económicos; iii) una mejoría tangible en la trayectoria del déficit fiscal de Estados Unidos; iv) el desapalancamiento del sector privado; y, sobre todo, v) la decisión de la Reserva Federal (Fed) de comenzar con el retiro de los estímulos no tradicionales y la subsecuente alza en las tasas de interés de largo plazo.

En ausencia de choques geopolíticos, pareciera que la mesa está puesta para que el dólar mantenga esta trayectoria de apreciación, que podría tener consecuencias importantes sobre el mundo emergente.

A partir del inicio de la gran expansión monetaria por parte de la Fed y otros bancos centrales de países desarrollados se generó un desplazamiento masivo de recursos, buscando rendimientos más atractivos a economías emergentes.

Una de las consecuencias lógicas del comienzo del retiro de los estímulos es la salida de recursos de dichas economías emergentes, provocando una apreciación del dólar ante la mayoría de las monedas emergentes, tal como está sucediendo. Aunque esta salida se está dando de manera relativamente ordenada, varios observadores están preocupados por los efectos desestabilizadores que podría provocar en el mundo emergente.

Para los más pesimistas, esta salida de recursos del mundo emergente podría detonar una crisis como la vivida en 1997 en Asia. Sin embargo, la mayoría de los observadores reconoce que hay diferencias muy importantes entre las circunstancias prevalecientes en 1997 y las actuales, tanto en Asia como en el resto del mundo emergente.

Por un lado, los niveles de apalancamiento, tanto público como privado, son sustancialmente menores que en 1997. Por otro lado, el desarrollo de los mercados locales de renta fija ha permitido que la dependencia del financiamiento externo en dólares sea mucho menor -aunque no hay que perder de vista que los inversionistas internacionales juegan un papel importante en la compra de bonos emitidos en monedas locales.

Adicionalmente, las principales divisas del mundo emergente han abandonado por completo el esquema de tipos de cambio fijo para adoptar uno flexible.

Además, la mayoría de los analistas coincide en que dentro del mundo emergente hay diferencias muy importantes entre países que hacen más vulnerables a algunos. Sin duda, el riesgo es mayor para aquellos países que tienen una mayor dependencia del financiamiento externo, como Brasil, India, Indonesia y Turquía.

En la siguiente edición de Sin Fronteras analizaremos la situación de México, que parece estar bien apertrechado ante esta migración de flujos.