Durante las pasadas dos décadas he tenido el privilegio de ser testigo de grandes cambios en el sector de telecomunicaciones de América Latina. En mis inicios, la región era un mundo poblado casi en su totalidad por monopolios públicos que comenzaban a anunciar su deseo de abrazar la tendencia neoliberal de la época por medio de la receta que hasta el momento parecía dar buenos resultados: privatizar y/o liberalizar el mercado.

Era un mundo en el que el surgimiento de entidades como Anatel en Brasil o la Cofetel en México aún estaba en su fase conceptual. Quizás gran parte del debate de la época se centraba en las reformas al marco legal de telecomunicaciones de EU o en los deseos de los distintos mercados de promover el crecimiento de los usuarios de telefonía móvil por medio de la implementación de una modalidad de pagos utilizada por primera vez en Portugal: el prepago.

El final de siglo trajo consigo la época más apoteósica del mercado. Si era difícil aprender el nombre de todos los operadores que habían entrado a competir en la región por medio de fibra óptica, redes inalámbricas o satélite, más difícil aún era seguir el rastro de todas las empresas puntocom, que rápidamente comienzan a proliferar por la región. Hasta que llega la debacle, estalla la burbuja y el famoso axioma de construye y los clientes llegarán resultó ser incorrecto.

Pero los años no pasan en vano, en una industria que suele resucitar temas para presentarlos como innovadores. Quienes frecuentaban telecomunicaciones a finales del siglo pasado deben de sufrir un intenso déjà vu cada vez que escuchan sobre las bondades de los operadores móviles virtuales, los servicios maquina a máquina (ahora etiquetados como Internet de las cosas ) o el mundo multipantalla donde el usuario nunca deja de estar conectado. Me gustaría rescatar tres detalles. El primero es la utilización de la palabra potencial para justificar todos los proyectos. ¿Cómo olvidar los ingresos potenciales de LMDS, WiMAX o hasta PLC en América Latina? ¿O el impacto potencial que tendrá la tecnología en la transformación del país de economía emergente a estado desarrollado?

El otro detalle es más refinado, se refiere a los montos de inversión que desde entonces anuncian cada una de las empresas en su compromiso por el desarrollo de todos los mercados latinoamericanos. Usualmente este anuncio se hace con los directivos privados, siendo acompañados de los gobernantes de turno, independientemente de que éstos sean de derecha o de izquierda.

La mayoría de los gobiernos no ven con buenos ojos eliminar impuestos para llevar tecnología a sus localidades más pobres. Por otro lado, las empresas casi nunca desglosan cuánta de su inversión realmente va dirigida a la construcción de infraestructura de telecomunicaciones y cuánta va dirigida a cubrir otros gastos. Si este desglose se hiciese público, se podría entender cómo muchísimas empresas no ofrecen una buena cobertura luego de invertir varios miles de dólares en un solo mercado.

El tercer detalle es más simple y muchas veces pasajero. Es el surgimiento de un discurso malinchista que se reduce a criticar todo lo que se hace a nivel nacional para alabar lo foráneo. Lo nacional simplemente no sirve.

He aprendido en estos años que continuamente se ignora al consumidor. Se habla de innovación, nuevos servicios y crecimiento económico en las salas de prensa. La realidad, por ejemplo en México, es que más de 60% de los hogares percibe seis salarios mínimos o menos.

Algún día alguien hará la conexión entre la potencialidad de adopción y generación de ingresos por nuevas tecnologías con el poder adquisitivo del bolsillo de los consumidores. Una cosa es desear poder utilizar nuevas tecnologías, otra muy distinta es poder costearlas.

José F. Otero es presidente de Signals Telecom Group.