El desprecio por los temas internacionales por parte da la mayoría de población global catapulta la ignorancia sobre la pandemia del Covid-19.

Algunas de las víctimas son presidentes. Convertidos en líderes de sectas tipo “Fuerza para vivir”, “¡Detente!” o “Aliméntate de las cadenas de WhatsApp”, mandatarios recomiendan medicinas durante conferencias de prensa, ignorando los efectos que podría desencadenar su consumo (Trump promoviendo hidroxicloroquina —Plaquenil—, administrada para enfermos de lupus), declaran la guerra a entes desconocidos (Macron y Bukele), muestran estampitas milagrosas (López Obrador) o exteriorizan rasgos de entes espirituales que el virus no podrá atacar (Bolsonaro: “En mi caso particular, con mi historial como deportista, si me infectara con el virus no tendría motivo para preocuparme, no sentiría nada o tendría una pequeña gripe”).

Periodistas que presumen entregar información de México y del “mundo”, propagan teorías de conspiración que apuntan hacia la creación del coronavirus en un laboratorio chino; levantan pancarta política para defender métodos científicos elaborados sesudamente en los laboratorios de retóricas presidenciales; y recomiendan ver temporadas completas sobre series distópicas de Netflix.

En televisión no es sencillo rellenar los minutos con información científica; se apela a la mimetización del miedo primitivo frente a lo desconocido. Cada vez que un presidente envía un mensaje a la población sobre la pandemia, se disparan las ventas de papel higiénico; un estornudo produce un incremento en la demanda de Plaquenil; y toser más de cuatro veces en menos de 15 segundos desplaza la cantidad demandada de seguros médicos.

No hay pudor sobre la ignorancia supina en la esfera mediática global. El gobernador de Puebla, Miguel Ángel Barbosa gestiona la pandemia desde una cueva. Para este político el virus es clasista. Afecta a los ricos, pero no a los pobres. Lo mismo piensan algunos delincuentes que viven en la Ciudad de Dios, una favela de Río de Janeiro. En pocas horas la figura de Barbosa será reconocida en Manila, Yaundé y Canberra, y sus palabras serán replicadas en un videoblog de un ciudadano egipcio.

No todo está perdido. “No vamos a hacer política”, menciona el presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, en clara referencia a lo que en México se le conoce como politiquería. En efecto, Uruguay se apresta a realizar desde la próxima semana 1,000 pruebas por día a personas que presentan síntomas del coronavirus, de lograrlo, entraría a la lista de países como Corea del Sur y Alemania; naciones que siguen las pautas de la Organización Mundial de la Salud.

Pocas muestras de solidaridad se leen en comunicados de presidencias. España, Italia, China, Estados Unidos e Irán son vistos como focos contaminantes. Países a los que se les levantan muros de racismo. El “virus chino”, estigmatiza Trump. No, fue propagado por EU, sentencia China.

Todos los días es posible analizar casos de geopolítica comparada, porque todo el mundo centra su atención en el monotema.

Algún día, cuando pase la crisis de la pandemia, se escribirán libros y anécdotas sobre la infantilización del planeta frente al coronavirus.

La sociedad vegasiana (por cierto, Las Vegas han apagado sus luces) se entretiene en WhatsApp y Netflix.

En Google se escribe “solución para las pandemias” para difundir en WhatsApp las salidas de emergencias, y en Amazon se compra “La peste”, por orden de algún algoritmo difuminado por un hacker que desea vincular el coronavirus con la invasión nazi en Francia.

Por lo pronto, si requiere de un médico, consulte a Donald Trump.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.