Dentro del escepticismo existente entre autoridades sobre el futuro de las cooperativas (la fracasada ley Ficrea es reflejo de esto), es de destacar que la información de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) de las 144 cooperativas autorizadas, con datos a junio, muestra mejorías en los principales indicadores.

En el segundo trimestre los activos crecieron 3.3%, la cartera 2.5%, los pasivos (básicamente los depósitos) 3.3%, igual que el capital social. Asimismo, la cartera vencida disminuyó y la cobertura de riesgos crediticios aumentó. El índice de capitalización es 263.4%, más del 2.5 del capital requerido. Sin embargo, el dato más sorprendente es el incremento de la rentabilidad en 109.1 por ciento.

Detrás de estos datos está un esfuerzo constante, sistemático y riguroso en la mayoría de las cooperativas por cubrir tres dimensiones: a) su finalidad principal, ofrecer servicios accesibles a sectores populares, clases medias bajas urbanas y sectores rurales con la característica propia de toda cooperativa: no apropiación privada de las ganancias. Ellas son un bien compartido; b) adecuarse a las cambiantes situaciones que vive la población: oferta despiadada de crédito; mayor acceso a bienes que facilitan la vida; salarios miserables, incapaces de enfrentar emergencias; c) cumplir con una regulación inapropiada, excesiva e injusta, que contradice principios fundamentales de justicia, pues trata igual a entidades esencialmente distintas.

Combinar estas tres dimensiones y sumar la imperiosa necesidad de ser sustentables hace precisamente más destacable los datos arriba descritos.

Dicho esto, es indispensable repetir una y otra vez que las cooperativas cumplen una función social y económica fundamental en amplios sectores. Muchas de las cooperativas medianas y pequeñas se ubican en la marginalidad, en donde no llegan servicios financieros y hay grandes concentraciones de población pobre, sin servicios básicos, sin oportunidades educativas, sin acceso a servicios de salud mínimos.

Atienden a más de 5.2 millones de socios, en su mayoría con un fuerte espíritu cooperativista y con un nivel de fidelidad muy elevado. A pesar de tener algunas exigencias que no cargan ni las microfinancieras ni los bancos, como son sus prácticas educativas y su espíritu no lucrativo, el sector puede vanagloriarse de tener tasas comparativamente mucho más bajas que las microfinancieras.

Con los bancos no conviene hacer comparaciones, pues la mayoría de sus socios no son sujetos de crédito en estas instituciones. La tasa implícita de intereses es de 18.20 por ciento. Esto significa que en realidad, las utilidades que las microfinancieras trasladan a sus accionistas (en muchas, varios miles de millones de pesos), en las cooperativas son trasladadas a sus socios, tanto a través de tasas bajas como de otros servicios.

La gran apuesta de las cooperativas, no derivada de la actual moda de educación financiera, es tener socios educados, solidarios, responsables y comprometidos con su entorno. Esto, por supuesto, es parte del discurso de las cooperativas; pero luchan por no quedarse en el discurso sino que sea una práctica establecida. De ahí el enorme reto que las cooperativas asumen al constituirse como tales: capital en manos del pueblo, servicio de calidad, atención a los sectores marginados y excluidos. Ahí está su futuro, o no tienen futuro.

*Experto en microfinanzas y coordinador de Cosechando Juntos lo Sembrado SC

[email protected]