Una Copa Mundial de Futbol es un gran negocio para las televisoras y para diversas empresas relacionadas con la comercialización de productos de consumo regular durante esos eventos, como cervezas, televisores, alimentos, etcétera.

Pero rara vez la organización de este tipo de eventos suele ser un negocio para los países organizadores. Hay beneficios indirectos, como la presentación al mundo de China como un país más allá de la maquila barata.

Pero en términos financieros, la organización de eventos del tamaño de la Copa del Mundo o de los Juegos Olímpicos es un fracaso para los organizadores.

Desde hace 50 años los países organizadores de estas justas deportivas han rebasado siempre sus estimaciones presupuestarias, lo que habitualmente se financia con endeudamiento.

Los defensores de este tipo de eventos aseguran que los países al final se quedan con infraestructura para sus ciudadanos. Sin embargo, no son pocas las instalaciones que después de los 15 o 30 días de competencias acaban abandonadas o subutilizadas.

Brasil tiene hoy menos de 100 días para estar listo para organizar un torneo mundial de futbol y poco más de dos años para ser la sede de unos Juegos Olímpicos.

Alguien le hizo el flaco favor de cargarle tantas pulgas a este país latinoamericano que a pesar de las apariencias no está en una bonanza económica como para salir ileso financieramente de esta aventura.

Cuando Brasil recibió la estafeta mundial, su economía crecía 6% y Luiz Inacio Lula da Silva era un muy reconocido líder mundial. Hoy ese país sudamericano enfrenta una desaceleración, problemas fiscales y el desánimo que viven todas las economías emergentes. El panorama cambió.

Los medios de comunicación que están calentando el ambiente lo hacen para ganar audiencias. Los reportajes, principalmente televisivos, privilegian el color sobre la realidad de que a menos de 100 días del arranque de la Copa del Mundo las obras de infraestructura están incompletas.

Estadios no terminados o mal construidos, vialidades insuficientes, transporte público no cubierto para el aumento en la demanda, en fin.

Puede ser un campeonato incómodo por la dificultad de movilidad o por brincar bultos de cemento en las entradas. Pero sobre todo tiene una alta incomodidad social interna y una huella financiera que se notará hacia los tiempos de los Juegos Olímpicos.

La selección brasileña de futbol puede ser considerada todo el tiempo como una fuerte candidata a ganar la Copa del Mundo, ahí en el estadio Maracaná, donde una vez lloraron la derrota mundialista. Apostaría por ellos.

Pero Brasil es también un firme candidato a caer en fuera de lugar en la cancha financiera mundial.

Con el retiro gradual de los planes de liquidez de la Reserva Federal de Estados Unidos y la recuperación de la economía europea, los capitales son cada vez más quisquillosos para elegir destinos emergentes.

Ni la buena fama ni el aumento en el turismo futuro están garantizados si la movilización social no es canalizada por una vía no violenta. Y está claro que dentro de ese gigante sudamericano hay quien está esperando que se acerquen las fechas para volver a darle una vuelta a la tuerca de la protesta callejera.

Brasil es firme candidato para ser campeón mundial, pero también debería tener un cuerpo técnico que desde la política y las finanzas del país no provoquen un autogol que los haga perder.