Tal cual la experiencia de 38 años en el periodismo me lo ha demostrado, quienes escriben sobre política tratan por lo general de entender un hecho que sale fuera de lo esperado a través de un lente en el que no prevalece la objetividad, sino la tendencia ideológica del involucrado, esto es, de quien escribe creyéndose adalid de la verdad.

Cuando surgen personajes atípicos que la democracia —léase, la gente, no el periodismo—, ha convalidado, como Donald Trump y Jair Bolsonaro, inmediatamente son legión quienes salen a decir alarmados y en forma poco sofisticada y más bien sofística que los estadounidenses y los brasileños han ejercido la idiotez por haber votado a alguien que es presumido como enemigo letal del sistema democrático, que lo han canonizado con el triunfo en unas elecciones presidenciales.

No creo que los 63 de millones de estadounidenses que votaron por Trump sean idiotas o descerebrados. No creo que todos los más de 47 millones de brasileños que votaron por Bolsonaro sean idiotas o kamikazes que se han jugado a la ruleta rusa el futuro de la democracia brasileña. Además, no podemos caer en el fascismo mental de creer que los equivocados son siempre los otros. Alguna razón más que evidente debe existir en las entrañas de ambas democracias, para que se haya originado tal inesperado paisaje político.

Por otra parte, al entendimiento de dichas democracias no se accede con berrinches ideológicos o agotada retórica que no están en sintonía con los complejos tiempos actuales, los que requieren una mayor dosis de reflexión y pensamiento crítico, por la simple —o no tanto— razón de que, en estos tiempos de realidades inaugurales, conviven estilos de economía superpuestos, modos de existencia y convivencia inéditos y emergen nuevos e inquietantes problemas por resolver, problemas que en los tiempos maniqueos del Che Guevara nadie, ni siquiera el barbado personaje, llegó siquiera a imaginar.

Cuando una encuesta informa que 87% de quienes viven en Rio de Janeiro cree que puede ser asesinado cada vez que sale a la calle, es porque la falla en la sociedad democrática ha sido catastrófica y auspicia la medievalista creencia del sálvese quien pueda. Es decir, se ha venido abajo el eje civilizatorio, sin el cual ninguna democracia puede sostenerse. La gente, convertida en mayoría, percibe un desmoronamiento en desarrollo que no será fácil contener. A partir de ahí, cualquier cosa puede esperarse: que un cocodrilo sea electo senador o que el candidato menos calificado, según quienes no lo votaron, pueda ganar.

Cuando en una democracia hay quienes se olvidan de ella, la propia democracia autoriza que el plan Y o Z (ya no el plan B o C) tenga posibilidades de alcanzar protagonismo. Es la forma en que la democracia se corrige a sí misma: dejando que todos los actores, incluso aquellos que por una causa u otra parecían los menos capacitados para ejercer el poder, puedan acceder a este y hacer lo que la gente exige que se haga por no haberlo hecho quienes en su momento tuvieron la oportunidad y no lo hicieron. Todo pasa por alguna razón. Ése es el mensaje que los brasileños dejaron el domingo pasado en las urnas y es uno demasiado poderoso como para desdeñarlo o rechazarlo con histéricos pataleos.