En México existen escenarios competitivos radicalmente distintos. Por una parte, tenemos sectores con altísimos niveles de concentración, problemas de competencia u otras anomalías. Esto lo podemos apreciar tanto en mercados de bienes de consumo básico (e.g. pollo, carne, huevo, pan blanco, harina de maíz, refresco, cerveza, cemento, etcétera) o servicios (e.g. transporte, energía, telecomunicaciones y servicios financieros). El efecto común, aquí y en China, es que bajo estas condiciones los bienes y servicios suelen ser más caros -y de menor calidad- de los que tendríamos de existir condiciones efectivas de competencia. Además del perjuicio sobre el consumidor y el fenómeno regresivo derivado de la extracción de rentas, se frustran también oportunidades de inversión, así como la creación de empleos.

Otros sectores se caracterizan por bajos niveles de productividad, es decir, se gasta mucho para producir poco o se gasta más para producir lo mismo. Históricamente esto se ha visto de forma muy clara cuando el Estado asume ciertas funciones empresariales que podrían ser ocupadas por la Iniciativa Privada sin que con ello se afecte el interés público.

Una de las principales causas del derrumbe del sistema intervencionista que prevaleció desde la década de los 40 hasta inicios de los 80 fue precisamente la excesiva participación del Estado a través de empresas públicas (en 1983 México administraba 1,155 empresas que participaban en 63 de las 73 ramas económicas). La extinta Luz y Fuerza del Centro nos ofrece un ejemplo más reciente de ineficiencia con gravosas consecuencias para los consumidores y el erario público.

Por otra parte, México presenta sectores exitosos y ganadores. El país sobresale en actividades manufactureras, por mucho el principal generador de exportaciones e inversión extranjera. Con todo y las secuelas de la crisis financiera, la industria automotriz ha retomado su emblemático lugar en la economía nacional. El Doing Business Automotriz 2011 de PricewaterhouseCoopers reconoce a dicho sector como uno de los más dinámicos y competitivos a nivel mundial. No sorprende que la armadora Mazda­ haya anunciado el establecimiento de una planta en Guanajuato con una inversión de 500 millones de dólares. Los sectores eléctrico y electrónico son también sumamente competitivos. La producción de frutas y hortalizas ha sido el área más dinámica de la agricultura mexicana en las últimas décadas.

No es cierto que no exista competencia por ninguna parte. Basta recorrer la ciudad de México para maravillarnos de una tremenda oferta gastronómica que puede acomodarse a todos los gustos y bolsillos. Lo mismo puede decirse para servicios relacionados con el entretenimiento, recreación o turismo. No todo es colusión entre agentes económicos; también existen las guerras de precios.

¿Qué explica estos escenarios tan diferentes si somos el mismo país con la misma gente? Básicamente la estructura institucional, normativa y operativa bajo la cual cada sector funciona. Podemos observar que los sectores más dinámicos y competitivos de la economía mexicana están asociados a (i) una mayor exposición a las fuerzas de competencia, (ii) la libre participación de capital privado, nacional o extranjero, (iii) un comercio internacional vigoroso, (iv) menores barreras artificiales a la entrada, (v) la ausencia de reyes de mercado y (vi) una mejor asignación de capacidades humanas.

Por ello, es fundamental privilegiar tres tipos de ajustes institucionales. Primero, aquellos que estimulen la inversión: por ejemplo, que el sector privado sea copartícipe en la expansión de las actividades estratégicas ejercidas de forma exclusiva por el Estado, abrir la llave a la inversión extranjera en ciertos sectores restringidos o impulsar proyectos de infraestructura mediante esquemas de asociación público-privada. Segundo, los que estimulen la actividad empresarial mediante la eliminación de barreras a la entrada que, sin contribuir a objetivo de interés público alguno, inhiben la participación de agentes económicos, distorsionan los mercados, consolidan intereses particulares o imponen costos de cumplimiento ociosos. Y tercero, los que permitan aprovechar de mejor manera el capital humano, donde claramente entra en juego la reforma laboral.

Ajustes de este tipo tendrían efectos importantes en el corto plazo y ayudarían a que el país sume más sectores ganadores. Transitar hacia una economía cada vez más competitiva conviene a todos.

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