Uno de los principios fundamentales que influye sobre el bienestar de la sociedad es la libertad para decidir. En teoría, nuestro sistema democrático nos permite elegir libremente a quién queremos que guíe el destino nacional del estado o el municipio en que habitamos.

El primer obstáculo para decidir es la educación; este bien, cuya obligatoriedad está establecida en la Constitución y se garantiza el libre acceso para toda la sociedad, tiene muchos bemoles. Empezando por las diferencias en ingreso y distribución geográfica de las personas, que limita el acceso y la permanencia de las mismas en el sistema y terminando con las diferencias abismales que se observan entre escuelas, maestros y personas, termina por limitar las decisiones libres. Esta condición ha sido aprovechada una y otra vez por los partidos, que utilizan diversos mecanismos para llevar a grupos de personas que no piensan, ni discuten ni cuestionan, a votar en bloque, haciéndolos sus clientes políticos a cambio de pagos como la libertad sindical , el respeto a la propiedad a la que se accedió mediante una invasión de propiedades de terceros o el acceso a un pago mensual de algún programa público.

El otro aspecto sobre el que la sociedad no tiene ningún derecho a decidir es el referente al uso de sus recursos, que sus gobiernos recaudan por diversos medios y mediante transferencias federales.

Sus mandatarios deciden libremente qué hacer con ellos, sin previa consulta, sin el análisis de las opciones y la debida votación, terminando por hacer lo que a ellos y sus intereses les conviene. Lo mismo se puede tratar de una obra vial o de una hidráulica, riego, urbanización, vivienda o educación, las obras terminan por proveer beneficios mínimos a la sociedad, ya que no se hizo ni en el lugar ni en el momento ni con la magnitud o escala óptima, sin considerar por el momento el problema de la mala calidad y el sobreprecio que caracterizan a casi toda la obra pública en todos los niveles de gobierno.

Una sociedad así nunca va a tener acceso a lo que verdaderamente demanda, ya que los tiempos en que llegaban personas iluminadas a los puestos de elección, que sabían lo que era mejor para su pueblo, han quedado en la prehistoria. Entre estas prácticas y las tiendas en las que obligatoriamente los trabajadores tenían que cobrar en la antigüedad no hay diferencia.

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