Aunque Biden es un político de larguísima trayectoria, su lenguaje respetuoso y sus posturas liberales, pero moderadas, en la mayor parte de los temas, lo hacen ideal como el abanderado para pedir el retorno a los valores que la Presidencia de EU perdió con Trump.

El atropellado proceso de conteo de votos del primer ejercicio de la elección primaria de los demócratas eclipsó un poco el resultado, en favor de Pete Buttigieg y Bernie Sanders. Joe Biden, el expresidente, ocupó el cuarto lugar con 15% de los votos, aunque encabeza las encuestas nacionales en los careos contra Trump. En realidad, lo que se dice es que la campaña de Biden comenzará a ser competitiva hasta la primaria de Carolina del Sur. Frank Bruni, el columnista del New York Times que sigue la elección, clasifica a los contendientes en tres categorías de R, los veteranos revolucionarios de Sanders y Warren, que quieren cambios estructurales en el sistema político y en el Estado de bienestar, los renovadores como el treintañero Buttigieg, con estilos nuevos de hacer política y comunicación con el electorado, y el restaurador Biden, que básicamente quiere regresar las cosas al estado que estaban antes de Trump, es decir, a un gobierno como el de Obama, del que formó parte. A la par, Bruni señala que, a pesar de que los revolucionarios o los renovadores pueden causar mayor entusiasmo en el electorado, es Biden el que puede hacer mayor contraste con Trump. Aunque Biden es un político de larguísima trayectoria, y por tanto varias de sus posturas y acciones son cuestionables, su lenguaje respetuoso y compasivo, su origen popular, es hijo de un mecánico compasivo, y sus posturas liberales, pero moderadas, en la mayor parte de los temas, lo hacen ideal como el abanderado para pedir el retorno a los valores que la Presidencia de Estados Unidos perdió con Trump.

Eso es en la parte cualitativa. En la cuantitativa, el semanario The Economist señala la paradoja de que, a pesar de ser uno de los presidentes más impopulares de la historia, Trump será un rival difícil de vencer, por lo que la elección del candidato demócrata es clave para determinar las posibilidades de triunfo de ese partido; también revela evidencia en el sentido de que los candidatos demócratas más radicales logran que un número mayor de sus correligionarios acuda a votar, pero también que los republicanos vayan a las urnas en mayor proporción. Es decir, la movilización de rechazo que generan es mayor a los apoyos que ganan. En el caso de Biden, se muestra evidencia de que es capaz de competir con Trump el apoyo de hombres blancos, de bajos ingresos, pero al mismo tiempo no genera rechazo entre los votantes afroamericanos. Eso no sucedía con Hillary Clinton, una candidata moderada en ciertos temas, pero muy liberal en otros e identificada plenamente con la élite política e intelectual estadounidense. En general, para una elección que se va a decidir en los estados del medio oeste, donde se va a competir con Trump el voto blanco de personas pobres, parecería que sólo Biden podría obtener los votos de quienes están dispuestos a dejar de votar por Trump, por otro candidato con el que se identifican y que abandera la idea de recuperar la moral pérdida en la Casa Blanca. Es verdad que estos argumentos pueden provenir de sectores centristas del Partido Demócrata, que ven en Sanders un peligro, pero no dejan de tener buenos argumentos para defender la idea de que una elección general sólo la puede ganar el exvicepresidente. Es verdad que si eso sucede se pospondrá la posibilidad de que se experimente con políticas económicas y sociales más igualitarias, o que se abra la puerta a nuevas formas de ser política, más tolerantes e inclusivas, pero al menos se retornaría a los gobiernos razonables y hasta cierto punto progresistas en Estados Unidos, como los de Obama. Dado el enorme costo que ha tenido Trump para la economía y la democracia del mundo, el candidato de la restauración no sería una mala noticia. Ojalá los demócratas escojan bien.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.