Luego de su gira energética del mes pasado, quedó claro que el presidente no ha pretendido convencer ni a los inversionistas ni a los analistas ni a los mercados, sino a las bases sindicalizadas del sector

Desde la lógica analítica tradicional, es difícil entender por qué el presidente López Obrador dedicó una semana entera al sector energético en diciembre. Los ‘sorprendentes’ descubrimientos anunciados por Pemex en realidad eran noticias viejas y desplegaron cifras que rápidamente perdieron confiabilidad; los activos petroleros visitados, como Akal, son famosamente viejos y su producción está en declinación; las plantas de la CFE que recorrió, térmicas y geotérmicas, distan mucho de ser innovadoras o ejemplares; y al menos uno de los que fungieron como sus guías de turista lidera los rankings de políticos controversiales y escandalosos de varias décadas.

Pemex y la CFE cerraron el año con casi todos los indicadores importantes a la baja, así que no había mucho tangible que celebrar. Pero no hubo jalones de orejas ni reflexión sobre dónde se puede corregir. Entre decisiones impugnadas e impugnables, amenazas regulatorias que suenan a declaración de guerra a la inversión privada y exoneraciones pobremente justificadas, los medios nacionales y extranjeros ya estaban dando cuenta de las enormes preocupaciones no sólo de la industria sino de muchas organizaciones de la sociedad civil. Pero el presidente no dedicó ni un minuto a procurar reganar su confianza. ¿A quién piensan convencer así?

Las fotos y los videos de las giras, sin embargo, pintan una realidad paralela. Una toma particularmente icónica, quizás de las mejores de comunicación política de la Administración, retrata al presidente dirigiéndose a los petroleros de Pemex con un megáfono en la mano derecha. Arengando desde una plataforma de Akal C a todos los habitantes y trabajadores del complejo que lo pudieran escuchar, manifestó su orgullo, reiteró su intención de rescate, prometió prestaciones de base y refrendó su compromiso con elecciones sindicales libres. El mensaje se entendió y ovacionó potentemente. Yendo a El Sauz, Cantarell, o los Azufres, el presidente no ha pretendido convencer ni a los inversionistas ni a los analistas ni a los mercados, sino a sus bases energéticas sindicalizadas. Los ha reactivado y empoderado, aunque aún no los ha desplegado.

Muy desafortunadamente, la imagen de Akal C no termina ahí.

Esta semana tres trabajadores del mismo complejo que ovacionó unánimemente al presidente terminaron con quemaduras graves por el accidente que ocurrió a bordo de la plataforma C6. Es un nuevo recordatorio de lo que el propio plan de negocios de Pemex reconoció: en su conjunto, la empresa es una plataforma vieja que sigue estando mal mantenida. Como el hackeo reciente sugiere, hay todo tipo de riesgos que la acechan. El presidente puede prometer a los trabajadores basificación y sindalizacion y rescate, pero para algunos analistas empieza a ser claro que –aún en las partes prioritarias de su plataforma– no les puede garantizar ni la seguridad industrial.

Esta última consideración es, de nuevo, la lógica tradicional hablando: el análisis macro, abstracto y quizás alejado del día a día. La imagen sigue diciendo más que mil palabras: el presidente ya no le está hablando ni a los inversionistas ni a los analistas de los planes de negocios de ninguna EPE. Le está hablando con megáfono a sus bases, que ya saben que su plataforma es vieja, está mal mantenida y presenta muchos riesgos. Su base ya sabe que su plataforma es decadente y explosiva. Pero la ovación ahí sigue. Y, de repente, eso es todo lo que importa.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell