El Banco de México pasó de ser un halcón durante el tercer trimestre del año pasado, a ser una blanca palomita a partir del viernes pasado.

El lenguaje de la economía y las finanzas adora las metáforas. Todo aquello que en la analogía permita explicar el momento o la situación que se enfrenta.

En la economía, como en la plomería, se habla de flujos y de liquidez. Como si se tratara de meteorología, se hace referencia al clima de confianza, a las perturbaciones del mercado, a las turbulencias financieras. Se habla de escenarios, como en el teatro, o de debilitamiento y saneamiento, como en la medicina.

Y los mercados adoran compararse con animales. Una Bolsa de valores que tiene una tendencia alcista es como un toro que embiste, mercados bullish. Mientras que un indicador que baja es perezoso y lento como un oso, bearish.

A los bancos centrales también les tienen su par de animalitos para la comparación. Los califican de halcones cuando atacan, cuando son agresivos con su política monetaria y usan sus armas, por ejemplo, las tasas de interés, para frenar las presiones inflacionarias.

Si, por el contrario, se les ve relajados, tranquilos o hasta satisfechos con el desempeño del incremento de los precios, entonces, toman la postura de las palomas, pacifistas y tranquilas.

Lo que vemos en México, de acuerdo con estas dos definiciones de fábula, es que el Banco de México pasó de ser un halcón durante el tercer trimestre del año pasado a ser una blanca palomita (dovish) a partir del viernes pasado.

Esa aparente transformación la vemos con el discurso del comunicado de política monetaria donde advierten de la posibilidad de bajar las tasas de interés. Algo que veía venir y que así lo escribí el viernes pasado.

No era tan difícil adivinar las intenciones del banco central. Primero, porque antes de que se desatara la burbuja inflacionaria de mediados del año pasado, en minutas de la Junta de Gobierno había opiniones en ese sentido.

Ya saben, el estilo anónimo del: uno dijo, el otro contestó y otro más opinó. Son como novelas de Virginia Woolf, pero dejan ver en la conciencia de los banqueros centrales que había quien pensaba que las tasas de interés, con la inflación controlada, le pueden hacer un favor a la economía.

De hecho, el propio Agustín Carstens, cuando era Secretario de Hacienda, dejó ver esa forma de pensar cuando se enfrentaba abiertamente con el ultraortodoxo exgobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, quien mantenía las tasas extremadamente altas a pesar de que la economía resentía en su desempeño ese alto costo del dinero.

Así que, Carstens Carstens debe ser uno de los principales promotores de un juego más dinámico del banco, aunque no se le pueda identificar plenamente en las minutas.

Pero ese pichón que ahora podría verse en el banco central no es realmente una blanca palomita. Saben del peso de sus palabras y saben que, cuando un banco central habla, los mercados callan para escucharlo. Y que, cuando acaban de hablar y han dicho algo trascendente, se ponen a gritar y a correr en círculos.

Eso fue justo lo que sucedió el viernes cuando se conoció el comunicado del Banco de México. Los mercados, que son nerviosos como perritos Chihuahua (digo, para seguir con las comparaciones animales), corrieron a vender pesos ante la expectativa de que bajen las tasas.

Seguramente, pasarán meses antes de que pudiera bajar un cuarto de punto la tasa de referencia. Primero tienen que estar seguros de que la inflación está realmente anclada y sin presiones serias a la vista.

Hay que esperar a ver las consecuencias de la reforma hacendaria, hay que ver qué pasa con los precios del petróleo, que han iniciado una tendencia de incremento, hay que ver qué pasa con las heladas y los precios de los alimentos... En fin.

Pero, más allá de presentarse con esta política dovish, aquí el banco central echa mano del cuento del coco para tranquilizar un poco el mercado cambiario que estaba llevando al peso a niveles de alta apreciación que no resultan tan convenientes.

Primero porque todo lo que sube baja y un movimiento financiero brusco en el futuro, como el techo de la deuda de Estados Unidos, podría implicar un descalabro mayor. Y segundo, porque el factor cambiario es uno de los que usan los exportadores para competir en el exterior.

No es lo más sano apostar por el factor cambiario como un instrumento de competencia en el comercio, pero con la inseguridad, desigualdad fiscal, falta de infraestructura y energéticos y otros lastres, el peso barato es un salvavidas.

Así que puede que no tengan discurso de halcón, pero como diría el gran José José: entre gavilán o paloma, estos banqueros me gustan para gavilanes polleros.

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