Llegamos al final de un año clave para nuestra democracia. El relevo en la Presidencia de la República y los resultados electorales han modificado el mapa político nacional.

A nivel federal, los cambios han sido vertiginosos: la transmisión institucional de poderes; la firma de un pacto político entre los tres partidos mayoritarios (con agenda legislativa y calendario incluido); la aprobación de una reforma constitucional en materia educativa; la adopción de un nuevo esquema de gobierno que reacomoda las tareas de seguridad pública; la resolución del paquete económico para el 2013 en tiempo récord.

Si alguien tenía dudas sobre la promesa de campaña de Enrique Peña respecto de encabezar una administración eficaz, este primer mes debe resultar altamente clarificador. Estamos ante un gobierno que parece medirse en horas y no en días.

Pero los avances no están exentos de riesgos. La gran apuesta es por una ambiciosa reforma fiscal aún pendiente de concretar. De hecho, dado el consenso social sobre el tema, la reforma educativa era relativamente fácil de procesar.

La prueba de fuego serán los cambios fiscales y la reforma energética, en un horizonte complicado con miras a la elección intermedia del 2015.

El éxito de la agenda va a depender en buena medida del alcance del compromiso de los partidos con el pacto que suscribieron. Sostener la racionalidad política que lo hizo posible: el reconocimiento de que ninguna fuerza política puede sacar adelante al país por sí sola.

El PRI recupera la Presidencia y una segunda oportunidad de parte del electorado. Conscientes de ello, luego de una elección holgada pero no avasalladora, pone el énfasis en el programa de gobierno.

El PAN paga caro el desencanto ciudadano y cae al tercer sitio. Para recuperarse, deberá volver a encarnar a la oposición responsable que ha permitido avanzar de la mano del partido tricolor en el pasado.

La izquierda vuelve a perder la elección presidencial, pero con la salida voluntaria de López Obrador de sus filas tiene la oportunidad de consolidarse como opción progresista. Los triunfos del PRD en Tabasco, Morelos y sobre todo en el Distrito Federal apuntan en esa dirección.

La virtud del pacto fue la altura de miras de los partidos, coincidir en la agenda común y darle orden y plazos. La duda ahora es si las agendas personales y las divisiones en la oposición acabarán por sabotear los acuerdos recién signados.

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