El presidente Peña Nieto hizo en días recientes un balance de mitad de sexenio. En el plano económico, el saldo de ese balance es que no se ha podido restaurar en México una tasa de crecimiento rápido.

En el orden económico ha sido particularmente perjudicial la caída que en su momento nadie previó del precio del petróleo, a lo cual cabe agregar coyunturalmente la perspectiva de un regreso a condiciones de normalidad de la política monetaria en Estados Unidos. La reducción del precio del petróleo ha golpeado las finanzas públicas y también la balanza de pagos. Una consecuencia muy dañina derivada es que se ha deteriorado el optimismo sobre la marcha futura de la economía nacional. Las expectativas de los agentes económicos principalmente inversionistas y ahorradores cuentan mucho. Y son precisamente esas expectativas las que están de cabeza por la corrección que tiene que darse en algún momento de la política monetaria en Estados Unidos.

A esa perspectiva cabe atribuir en parte los ajustes del tipo de cambio que se han observado. Tal vez los inversionistas han sobrerreaccionado a la elevación que necesariamente sobrevendrá de las tasas de interés, pero el hecho ha desatado una volatilidad que despierta incertidumbre y afecta los flujos de inversión extranjera, sobre todo directa.

Por desgracia, el panorama económico se ha visto contaminado por factores de tipo político y social. En nada han ayudado a conformar un ambiente de tranquilidad los motines de maestros y tampoco escándalos provocados por errores de la administración, como el que estalló con motivo de la llamada casa blanca. En ese mismo orden, y de mayor gravedad, se encuentra el crimen de los estudiantes de Ayotzinapa que los opositores han conseguido endilgarle con habilidad al gobierno. Lamentablemente, la fuga del Chapo Guzmán desprestigió también mucho al régimen. Y en ese panorama cabe incrustar asimismo la incertidumbre que ya despierta la carrera sucesoria al 2018.

El contexto se ha puesto desgraciadamente favorable para las propuestas supuestamente mágicas que sacarán a México del estancamiento. La única conclusión responsable que se puede derivar de ese complejo escenario es que no hay soluciones fáciles para salir del entrampamiento. En lo económico, la salida dependerá en parte de persistir en estrategias como las relativas al fortalecimiento de la estabilidad y de los fundamentos macroeconómicos. El problema es que los tiempos son cortos y mucha la impaciencia y la incomprensión de sectores amplios.

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