Siguiendo lo dicho por el presidente López Obrador, está creciendo el número de voces que descuentan la participación de la industria privada por tener un volumen de producción limitada. Casi cuatro años después de que concluyó la primera licitación en la primera ronda petrolera, estas voces señalan que el universo de compañías diferentes a Pemex produce menos de 5% del crudo del país. La inversión aún se cuenta en pocos miles de millones de dólares.

Sin el contexto correcto es fácil concluir que las empresas petroleras fracasaron; que no entendieron a México lo suficientemente bien para poder producir mucho en nuestro país. Pero la lámina 23 de la presentación que el comisionado Héctor Moreira preparó para charlar con los medios de comunicación hace unas semanas apunta en una dirección completamente diferente.

El comisionado empezó por lo básico: graficó la tendencia de producción de un proyecto a lo largo del tiempo. Dos a siete años de exploración pura, sin producción, seguida por uno a cuatro años de evaluación, también sin producción. Sólo terminando estos procesos, que sumados van de tres a 11 años, es que empieza la producción. Es una joroba: una subida seguida por una bajada que deja al campo (proyecto) en una etapa de producción relativamente marginal. La fase productiva relevante puede ir de un año a tres décadas. Son cifras y tendencias de libro de texto, igual aplican para petroleras del Estado que para independientes listadas en Bolsa.

Pero después fue más a fondo. Lo revelador, de hecho, está en la parte de debajo de la lámina, que describe en qué parte del proceso productivo se fincaron las rondas. Se han licitado muchos campos en áreas contractuales, o bloques, que están en fase de exploración, a años de poder producir, aun en caso de seguir un proceso acelerado de exploración, posible descubrimiento y desarrollo. Se han licitado algunas en fase de evaluación y delimitación. Y otras pocas en fase de producción marginal, cuando el ritmo es mucho menor. Pero, por diseño, las rondas prácticamente no han entrado a la zona de la joroba productiva.

El mensaje de esta lámina 23 es muy claro: la poca producción de los privados —y, en un sentido más profundo, la caída en la producción del país— no tiene que ver con los privados, su capacidad productiva o su compromiso con México. Tiene que ver con las oportunidades que el Estado mexicano ha delimitado para ellos hasta ahora.

Es una confirmación muy clara de que la rectoría del sector energético mexicano sigue estando firmemente en manos del Estado mexicano. Por más ganas que tengan los privados de invertir y crecer en nuestro país, por más prisa que les metan a los proyectos que ya ganaron, es imposible que produzcan en los tipos de oportunidades en los que el Estado no les ha dado acceso. El portafolio de exploración y producción del país ha incorporado a varias docenas de operadores. Pero Pemex retiene, hasta el momento, un virtual monopolio de las oportunidades en fases productivas.

Es crucial diagnosticar bien nuestra crisis actual para plantear una solución apropiada. Si queremos que los privados ayuden a detener la caída en la producción de México, la solución no está en tronarle el látigo a los privados para que se apuren. Muchos, de hecho, ya le acortaron años enteros a los programas de exploración y producción promedio en nuestro país. La solución sería permitirles invertir en proyectos que están o en su fase productiva o cerca de su fase productiva, o en 15% de las reservas 2P del país que el Estado conserva ociosas, sin operador, o en las asignaciones y contratos de Pemex que, para crecer, requieran de un nivel de inversión que la compañía hoy por hoy no puede ofrecer.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell