En el arranque de su administración, Andrés Manuel López Obrador es probablemente el presidente de la República más cuestionado por sus decisiones económicas, por la opinión pública en tiempos modernos. Ello puede encontrar justificación tanto por el ambiente de polarización que estamos viviendo desde el año 2006, que se ha venido agudizando en los últimos tres años, como por el resultado de la pasada elección que, si bien obtuvo el triunfo incuestionable, 47% de los electores no estuvo de acuerdo con impulsar un cambio tan radical como el que se pretende llevar a cabo. Igualmente, existen razones por la cancelación del aeropuerto de Texcoco que tenía un buen grado de avance, así como por el prejuicio de muchos que piensan que los gobiernos de izquierda tienden a endeudar a las economías.

Constantemente estamos presenciando un escenario de confrontación por extremos sin concederle un milímetro de razón a la contraparte. Lo anterior nos está conduciendo peligrosamente por el camino de la canibalización de nuestras propias ideas, lo que, con toda seguridad, de seguir esta dinámica de confrontación aniquilará nuestro potencial de crecimiento hacia el futuro. Como sociedad hay que mirar al frente, proponiendo un debate económico basado en los grises y no el en blanco y negro que vemos. Necesitamos relanzar nuestro proyecto económico partiendo de la base que 40% de los mexicanos necesita urgentemente subir su estándar de vida y que el otro 60% de la población no puede detener su desarrollo porque ello nos arrastraría a todos al fondo.

Pensando positivamente por un momento, ¿por qué no queremos dejar al presidente hacer su refinería en Dos Bocas, Tabasco?, por qué mejor no ayudarle a ver cómo sí puede llevarle algo de desarrollo a su propia tierra y con ello al sursureste del país. Una refinería que procese 330,000 barriles diarios de crudo en una zona natural menos propicia puede ser un proyecto poco probable de llevarse a cabo; sin embargo, una más pequeña, en otras condiciones de operación e incluso en otra zona del propio estado, ¿por qué no? Encontrar otros proyectos para esa región. Puede entenderse perfectamente que los combustibles fósiles van de salida en el planeta, pero cómo se les va a responder a los habitantes de los estados de Campeche, Veracruz y Tabasco, regiones de las que hemos vivido por mucho tiempo, que reconviertan su vocación de desarrollo para que en decenas de años puedan llegar a vender productos de maquila a Canadá. Hay que dejar la terquedad de este lado comprendiendo que objetivamente eso no es posible de decir a la gente. Es mucho más pertinente ayudar al cómo sí apoyar a esos estados y no seguir en el cómo no; el país puede agotarse muy pronto de la mezquindad de los intereses creados que lo están asfixiando.

En esta lógica habrá que preguntarse: en dónde estaban los estudios de factibilidad financiera cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari mandó construir un aeropuerto internacional en el municipio de Agualeguas, Nuevo León; en donde se alertó sobre el peligro para las finanzas públicas cuando el presidente Felipe Calderón Hinojosa sacó a las fuerzas armadas de sus cuarteles sin fijarse en el gasto económico que eso conllevaría, en una guerra que la sociedad percibe que no llevó a ningún lado; o bien, quién dijo que se ponía en alto riesgo la calificación crediticia con el capricho del presidente Enrique Peña Nieto de dejarnos tirado un tren para unir a su tierra con el Saks 5th Ave. del Centro Comercial Santa Fe, en una cosa que es más cemento que tren, que nos iba a costar 37,000 millones de pesos, que lleva gastados 54,000 millones de pesos y que todavía le faltan 17,000 millones de pesos. Los anteriores excesos no tienen comparación con la idea de llevar empleo y desarrollo a Tabasco, que es uno de los estados que menos crecen, producto de la caída de la explotación petrolera.

Por qué no le ayudamos al presidente a ver cómo apoyar a los estados del sur de México en lugar de cuestionar disfrazados con la soberbia de los datos aquellos que, por cierto, no estuvieron presentes con tanta vehemencia en los necios proyectos de los expresidentes. Es correcto que la cancelación del aeropuerto de la CDMX y las licitaciones petroleras han mermado la confianza de los inversionistas, no obstante, es también cierto que en la constante crítica existe un trasfondo en buscar que el gobierno se exhiba públicamente con fracasos económicos sin reparar que en ello, todos nos estamos condenando ostensiblemente a vernos ante los inversionistas como un país que quizás esté más interesado en la lucha por el poder que en su propio desarrollo económico.

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Carlos Alberto Martínez

Doctor en Desarrollo Económico y Derecho

AUCTORITAS

Profesor en la Universidad Panamericana, Ibero y TEC de Monterrey. Ha trabajado en el Banco de México, la Secretaria de Hacienda, la presidencia de la República y en Washington, DC. Actualmente estudia el doctorado en Filosofía con investigaciones en el campo de la ética y la economía. Autor de libros en historia económica, regulación financiera y políticas públicas