Conforme avanza la política del espectáculo que significan las campañas y las elecciones en México, es cada vez más evidente el enorme cambio en el imaginario político que ha representado el caso del asesinato y desaparición de normalistas de Ayotzinapa.

El caso Ayotzinapa ha contribuido a deslegitimar aún más el sistema político liberal, ha ahondado la brecha que existe entre la clase política profesional y la sociedad, permitiendo una impugnación abierta al actual sistema político.

En esto ha jugado un papel esencial para millones de mexicanos la confirmación de que las organizaciones criminales y los aparatos del Estado actúan de manera conjunta, de que son lo mismo, como ocurrió en Iguala, en Tlatlaya, en San Fernando y en Allende. Se ha abierta una impugnación al actual sistema de dominación.

Pero en lugar de tomar nota de ese enorme cambio, los operadores del Estado tratan de actuar como si nada hubiera pasado, como si nada se hubiera movido y tratan de seguir con el ritual electoral.

Los partidos y candidatos están ignorando el fuerte mensaje de rechazo al Estado, a la clase política, a las formas organizativas tradicionales que ha surgido en las enormes movilizaciones por Ayotzinapa.

Se abre así un periodo en el que mediante el ritual electoral los operadores del sistema político intentarán continuar con el control político, vendiendo la mercancía de las candidaturas y llamando a ejercer la insípida e insustancial democracia liberal-representativa ofreciendo la práctica del voto como el único mecanismo de participación política.

En contraste, millones de mexicanos que durante estos tres meses nos hemos movilizado de diversas formas y modos en solidaridad con los familiares y normalistas de Ayotzinapa, hemos experimentado en la práctica que el ejercicio de la política rebasa con mucho el simple y restringido acto de votar.

Hacer política significa deliberar colectivamente con muchas otros sujetos sobre los temas que nos atañen, significa participar en los procesos de tomas de decisiones, impugnarlas si es debido, discutir, rediscutir, llegar a acuerdos mediante consensos, decidir entre todos cómo usar recursos que entre todos juntamos.

En fin, cientos de miles o millones de mexicanos (dentro y fuera del territorio nacional) hemos practicado otras formas de hacer política que rebasan con mucho el restringido marco de la democracia liberal.

En ésta, la forma de participación se restringe a votar por un candidato de un partido que no se escogió sino que fue impuesto por los grupos de poder de los propios partidos o por los poderes fácticos que usan a los partidos (empresarios, televisoras, ex rectores, corporaciones, gobiernos extranjeros...) como mecanismo para hacer vales sus intereses.

Motivados en parte ante el horror de la barbarie ocurrida en Iguala y movidos por una solidaridad con los familiares de Ayotzinapa, cientos de miles o millones rebasamos en los hechos las restringidas formas de la democracia liberal para experimentar otras forma de hacer política que cuestionan el sistema de dominación imperante y busca ensayar y construir otras relaciones políticas donde sí se ejerza la democracia y sí participen la mayoría de los dominados.

@rmartinmar