Con sentido ético, la SCJN completó ayer la triada de definiciones jurídicas necesarias para fortalecer en los hechos la garantía  y el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos, en particular el aborto.  Al determinar la Corte la invalidez de la objeción de conciencia médica tal y como está inserta en la actual Ley General de Salud, el Congreso tendrá que volver a  legislar, ojalá con apego  a la justicia, sobre ese "derecho" tan defendido por el clero y los grupos conservadores. Aunque la batalla por la vida de las mujeres no está ganada, la SCJN ha demostrado su compromiso con el derecho a la salud de todas las personas.

Las sentencias del 7 y 9 de septiembre (acerca de la inconstitucionalidad de la prohibición total del aborto y  de " la pretensión de dar personalidad jurídica al embrión o feto") han sido aplaudidas por quienes defienden los derechos humanos de las mujeres, en particular los derechos sexuales y reproductivos, porque abren el camino para garantizar mejor y ejercer el derecho a decidir sobre  la propia maternidad sin el peso de leyes estatales que, por presiones conservadoras y oportunismos diversos, han criminalizado el aborto o lo han obstaculizado en nombre de un falaz "derecho" del embrión, entronizado como "persona".  También se ha celebrado que por fin la Corte se atreviera a tratar "el fondo" del asunto, el derecho al aborto, y no se limitara a tratar (como en 2008) las facultades de los estados en temas de salud. Como en todo avance legal quedan preguntas pendientes, entre ellas:   ¿qué se hará para garantizar la libertad de mujeres falsamente acusadas de "homicidio agravado en razón de parentesco"? , ¿cómo se les reparará el daño?  Y ¿cómo se asegurará el paso de las sentencias a la práctica judicial en un plazo razonable?

Tan importante como estas sentencias, o más en los hechos, será la definición de la objeción de conciencia  médica y su dimensión legal en los lineamientos que hoy definirá la Corte para la Ley de salud  que el Congreso habrá de revisar. Debe quedar claro que  tal objeción debe limitarse de modo que no sea "un derecho general a desobedecer las leyes" ni impida que mujeres, niñas y otras personas  ejerzan el derecho a la salud, a  la salud sexual y reproductiva, y a la muerte digna, que el Estado (y la medicina) deben garantizar. De no acotar la objeción de conciencia médica desde la ética y la laicidad, como sugirió en su amicus curiae el Colegio de Bioética, sin  doblegarse ante presiones clericales e intereses políticos, la  Corte y el Congreso agravarán los peligros que el uso y abuso de ésta representa para la salud y la vida de mujeres, niñas y personas que puedan gestar y otras.

En efecto, quien crea que el personal de salud objetor  sólo responde a su conciencia ignora las presiones que en México ya han llevado a médicos(as) a negarse a practicar ILEs para no ser estigmatizados en sociedades conservadoras.  Quien considere que todo personal de salud tiene "derecho" a declararse "objetor" quizá pretenda que, como en Italia, la objeción masiva en un hospital (de 70% a 90% en ciertas zonas) impida que las mujeres puedan abortar en su localidad; o quizá ignore que mujeres con embarazos problemáticos han muerto a  manos de médicos "objetores" que prefieren  "salvar" un feto no viable que la vida de la paciente (véase el documental Abandoned: https://abandoned.film/es/) .

No es casual que tanto en México como en Italia el clero y los grupos antiderechos aboguen por la objeción de conciencia. Se oponen al derecho al aborto, al derecho a la salud de personas con VIH-sida, a la muerte digna, a las libertades  

LA SCJN no desechó el "derecho" a la objeción de conciencia médica. Si delinea con sentido ético sus límites, estará en efecto defendiendo el derecho real a la salud. 

 

@luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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