Estamos en abril y yo ya rompí cada uno de mis propósitos de Año Nuevo. Sí, yo sé, lo sorprendente no es que los rompa sino que me los siga planteando. ¿Para qué, si nunca los cumplo? En el fondo, lo que más me intriga es entender por qué me cuesta tanto trabajo cumplir los propósitos que yo misma me planteo. Si una de las cosas que quiero es bajar de peso ¿por qué no logro cerrar la boca?

La economía del comportamiento justo se dedica a analizar este tipo de contradicciones. Es una disciplina relativamente joven que combina la economía y la psicología para explorar la manera en la que tomamos decisiones. Si la economía clásica parte del supuesto de que los seres humanos somos racionales, la economía del comportamiento admite que no siempre lo somos. Tenemos contradicciones y cometemos errores.

Un concepto importante que introduce es que tenemos dos sistemas a través de los cuales tomamos decisiones. [1] Por un lado, está nuestra parte reflexiva; nuestro yo que analiza, que planea, que piensa. Por otro lado, tenemos nuestra parte automática; nuestra parte más intuitiva, que reacciona y actúa sin pensar. El mundo es complejo, y tenemos que tomar miles de decisiones todos los días. Nuestro cerebro sólo usa energía para analizar los problemas complejos, el resto del tiempo vamos en piloto automático.

Estos dos sistemas funcionan de maravilla la mayor parte del tiempo. Nuestra parte racional programa Waze y lo sigue, mientras que nuestra parte automática maneja sin tener que estar decidiendo conscientemente cuándo acelerar y frenar.

El problema es que a veces estas dos partes no se complementan, es más, ni se comprenden. Mi yo reflexiva puede considerar que es muy sensato planear sólo darle una probadita al postre cuando vaya a un restaurante. En el momento en el que lo planteo, realmente creo que mi meta es alcanzable. El problema es que cuando llega el pastel de chocolate a la mesa, con su centro líquido calientito, mi yo automático toma posesión. En el momento de tentación, ese yo no quiere limitarse a una mordida, quiere atragantarse, sin importarle que eso implica pelearme con la báscula al día siguiente.

Sin lugar a dudas, el auto control es un tema complejo en el cuál intervienen muchos factores. Pero ayuda el entender que esta brecha entre lo que deseo hacer y lo que hago, es especialmente evidente cuando el esfuerzo y la recompensa de una acción no se dan al mismo tiempo. Por ejemplo, puedo obtener una gratificación inmediata al comer unas deliciosas papas fritas, pero esa grasa, a la larga, me puede llegar a subir los niveles de colesterol. Por otro lado, para hacer ejercicio hoy tengo que aguantarme la flojera de salir de la cama e ir al gimnasio, sólo un tiempo después, si soy consistente, gozaré de una mejor condición física.

¿Y entonces qué hago? ¿Cómo ayudarme a resistir la zona de tentación en la cuál mi yo automático se posesiona de mí, cual chamuco, y sólo busca la gratificación inmediata y postergar los costos?

Katherin Milkman presenta un concepto que me parece útil: empaquetar tentaciones [2].  Es más fácil motivarme a hacer una actividad que es buena para mí en el largo plazo si la combino con una actividad que me gusta en el corto plazo. Se trata de juntar un placer culposo con un deber. Es como darle un dulcecito a mi yo impulsivo para motivarlo a hacer algo que no tiene ganas.

Sin proponérmelo, yo ya usé esta herramienta y funcionó de maravilla: me inscribí al gimnasio con amigas. El incentivo de ir a enterarme del último capítulo en el drama del divorcio de Elsa, logró que formara el hábito de hacer ejercicio.

Claro no siempre es así de fácil. Mi reto ahora es encontrar un paquete de tentaciones que me ayude a comer más sano, a pasar menos tiempo en redes sociales, a disminuir mis compras compulsivas de gadgets para la cocina, y a llamarle más seguido a mis papás. Peccata minuta.