México se ha vuelto un imán de atracción muy poderoso para los capitales libres que existen en EU. Para muchos, el fenómeno es novedoso y desconcertante. Se trata de una apreciación equivocada: no es la primera vez que México se contagia de atracción fatal para esos capitales libres. Algo similar ocurrió en la Segunda Guerra Mundial y a lo largo del sexenio de Salinas, cuando éste, con la ayuda de Pedro Aspe, logró promover a México como tierra promisoria para los inversionistas del exterior.

En su momento, el estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa desató una avalancha de capitales que buscaban refugio de dos amenazas: la voracidad de los conquistadores y los controles administrativos que se aplicaban a las inversiones financieras, fueran o no beligerantes los países en cuestión. México se mantenía en el mundo casi como una excepción única de libertad de cambios y ese factor atraía a las inversiones.

Durante la presidencia de Salinas, a partir de la exitosa renegociación de la deuda externa, montos gigantescos de entre el 6 y 7% del PIB empezaron a entrar anualmente, dando lugar a un muy cuantioso superávit en la cuenta de capital de la balanza de pagos.

Resulta difícil derivar lecciones útiles para la acción de la experiencia que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Ante las inmensas dificultades que se enfrentaron en la época para poder importar, no se contó con la posibilidad de esterilizar las entradas de capital por esa vía. Prácticamente todos los dólares que entraban se monetizaban, creando severas presiones alcistas.

El caso del salinato fue distinto. Las divisas que ingresaban se utilizaban para pagar importaciones: de ahí los elevados déficit en cuenta corriente que se generaron en el periodo y que alarmaron tanto al público.

Las entradas de capital son independientes de las acciones internas. En política económica se dispone tan sólo de dos posibles instrumentos frente a esos flujos: permitir que los mecanismos del mercado funcionen, que se aprecie el tipo de cambio y bajen las tasas internas de interés, o ponerle trabas y regulaciones administrativas a esos fondos.

En el salinato las autoridades se opusieron a permitir que los mecanismos del mercado funcionaran. Se le fijó un piso al tipo de cambio y también a las tasas de interés internas. Eso derivó en la catástrofe cambiaria de diciembre de 1994. La opción de los controles administrativos no es aplicable para México. La ventaja es que ahora el país cuenta con un esquema de flotación cambiaria y conviene permitir que funcione sin interferencias.

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