El año que termina ha sido terrible para los mexicanos. La masacre de Iguala en contra de normalistas de Ayotzinapa, se convirtió en un espejo que permitió ver a millones de personas, el horror y la barbarie sobre la que estamos parados en México.

Las clases dominantes mexicanas han impuesto sus intereses mediante la violencia en contra de la mayoría de la población. México es un país que en los pasados ocho años ha tenido más asesinados y desaparecidos que los que dejaron las guerras que Estados Unidos impuso a Afganistán e Irak. En once años de guerra en Irak, el saldo es de 202 mil muertos entre civiles y soldados; en México tenemos más 248 mil personas asesinadas o desaparecidas en los pasados diez años. No solo es la cantidad sino la calidad de esas muertes: de la mano de los entrenamientos de contrainsurgencia, los cárteles de la delincuencia organizada transformaron los métodos de matar, de publicitar esas muertes y de desaparecer personas, tanto vivas como muertas.

Ayotzinapa es un espejo porque dejó ver que la complicidad entre los gobiernos y el crimen organizado no es un caso aislado, como el gobierno de Enrique Peña Nieto pretende hacer creer, sino la norma. Hace cuatro años Edgardo Buscaglia, denunció que el narcotráfico controlaba 75 por ciento de los municipios del país; se puede suponer que ese porcentaje ha aumentado. Si esto es así, es obvio que los gobiernos estatales y el gobierno federal están penetrados por el narcotráfico y la delincuencia organizada. El Estado mexicano está podrido hasta la médula.

En este contexto de barbarie, de guerra abierta de la clase dominante en contra de la mayoría de la población, de corrupción estatal, ¿qué esperanza nos queda?

Con toda la violencia, horror y podredumbre estatal, podemos observar algunos atisbos de optimismo. La degradación de la clase política y del Estado liberal que rige las relaciones políticas en México es una buena noticia; tras quince años de supuesta transición a la democracia, ahora una buena parte de la población sabe que todos los partidos son iguales y que desde el Estado no puede esperar cambios para procurar una vida digna; los partidos, la clase política profesional, las elecciones, el Estado son el problema, no la solución.

La solución vendrá de abajo, del enorme cambio del imaginario social que han producido las movilizaciones de solidaridad con Ayotzinapa, transformado políticamente a cientos de miles de personas.

Hay optimismo cuando los dolores y rabias que se han generado en los últimos años, se encuentran y se juntan para caminar juntos. Hay atisbos de optimismo cuando vemos que dentro del dolor y la rabia, los padres de los desaparecidos han mantenido una dignidad, coherencia y voluntad irreprochables que permite ver por dónde continuar la lucha por una vida digna.

Y hay atisbos de optimismo cuando, a pesar de todos los recursos del Estado, sigue desbordado un movimiento social que exige la presentación con vida de los desaparecidos.

@rmartinmar