No he leído ni escuchado comentario alguno sobre la nota publicada en El País, del 22 de noviembre, con el título Estados Unidos tiene una visión negativa de México .

Resultados de la encuesta efectuada por las consultoras estadounidenses Vianovo (empresa-boutique especializada en marcas, opinión pública) y GSD&M (agencia de publicidad). Menos mal que nos ven, aunque la visión sea deplorable. ¿Qué tal si nos ignoran por completo?

Premodernos (por no decir primitivos), violentos y narcos. El 60% expresa que México es una fuente de problemas para ellos y sólo 14%, que somos buenos vecinos y aliados. Ni tan tan ni muy muy . Lo cierto es que somos malísimos vendedores.

Desde el primer cuarto del siglo XIX, con la Independencia, cuando comienza la invasión de visitantes extranjeros a esta tierra, algunos, como la Marquesa Calderón de la Barca, nos miran con simpatía, respeto y hasta cariño; mientras, otros lo hacen con ojos de suegra cruzada con madrastra, como el médico germano Schmidtlein, pues en 1865 escribió que los vestidos de las muchachas nativas son más bonitos que ellas mismas y que las jovencitas de 19 se ven como de 30; empero, poco después le gana la hormona: cásase con mexicana y funda familia en este suelo. Y hasta los contemporáneos: Jane Bowles, en 1958: (...)en México, donde la gente no lee ni escribe, eso sólo es posible en Marruecos . O el Nobel Le Clézio, en Urania, 2006: formamos una mezcla de comediantes y de trágicos ; destacan, digo yo, dos López: Santa Anna y Portillo.

Por desgracia, nuestros vecinos ocuparon la mitad del territorio. Lo digo, pues, ya no media un desierto entre la fuerza y la debilidad, ahora estamos cara a cara, juntitos, la nación floreciente por legalidad, disciplina y trabajo y la República que no sabe despegar, quién sabe por qué.

En universidades e institutos, ellos nos estudian de cerca, historia, política, economía y sociedad mexicanas. En cambio, poco sabemos de la melting pot que tenemos junto, las cualidades para adoptarlas y los defectos para evitarlos.

Queremos ser como ellos. Los imitamos y toda imitación tiene algo de grotesco.

En el siglo XIX, no fueron pocos los compatriotas que clamaban por la anexión a Estados Unidos. De plano, de una buena vez -han de haber dicho-, ¿para qué andarle buscando chichis a las culebras? Muchos estadounidenses se opusieron a ella. Éstos ganaron.

Por un pelito y todos somos gringos...

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