El sacrificio humano, el infanticidio o la tortura fueron (y desafortunadamente aún son) terribles conductas aceptadas e incluso promovidas por ciertos grupos humanos ( desde los aztecas hasta Auschwitz y más acá). Las preguntas detrás de estas acciones son muchas y todas muy preocupantes: ¿es la violencia innata?, ¿todos los seres vivos somos agresivos?, ¿nacemos así?, ¿hay unos humanos más antisociales que otros o es tan sólo cosa de que “nos lleguen al precio”?, ¿los estímulos ambientales, son capaces de volvernos aún más sádicos y depredadores?, ¿existe una causa y una “cura” para la criminalidad?

Estos cuestionamientos no son sencillos de responder, y a pesar de que la historia humana es la historia de la violencia, seguimos debatiendo el tema, estudiando y tratando de entender.

Hoy, en el momento que escribo estas reflexiones, han sido asesinados 88 candidatos que participaban en el proceso electoral que culminará este próximo 6 de junio. La cifra es aterradora, el hecho en sí lo es aún más. ¿Qué está pasando en nuestro país, que cada día se vuelve más violento y el crimen, organizado o no, se muestra más a sus anchas?

Abrazos no balazos, repliegue de las fuerzas de seguridad, militares que están donde el presidente lo cree conveniente para su proyecto, impunidad, falta de una estrategia de combate al crimen organizado, en fin. Creo que todos estos factores juegan, pero lo indignante es que nadie está preocupado por desactivarlos y comenzar a desarmar esa bomba que está matando a tantos mexicanos.

Más alla de las razones políticas, económicas y sociales que he mencionado, como psicóloga el tema me ha preocupado desde hace muchos años al igual que a muchos colegas y criminólogos, filósofos y pensadores que se han dedicado a tratar de descubrir que pasa en la mente de un humano que de pronto o calculadamente, sea por dinero, por agresión, por poder, por sadismo o por maldad (no se bien que es eso, pero existe) son capaces de quitarle la vida a otro. 

Empecemos por el extremo menos inasible, el de los sociópatas. Este trastorno, que cursa con falta de empatía y violencia, se caracteriza por despreciar y violar los derechos de los demás, comienza en la infancia o en la adolescencia y continúa hasta la adultez. Los que se muestran indolentes ante los crimenes y no cumplen con sus obligaciones de atajar a los delincuentes, ¿serán unos sociópatas? ¿O más bien lo son los que planean y cometen los delitos? Pensemoslo con calma, ambas alternativas son aterrorizantes.

Las personas con este “desorden”, de acuerdo con múltiples investigaciones psiquiátricas, pasan por alto los deseos y derechos de los demás, toman decisiones impulsiva y egoístamente y sin consideración alguna por las consecuencias de sus actos sobre los demás. No les importa el otro, para decirlo claro.

Ahora bien, aducir ante este ramillete de conductas malvadas, trastornos mentales es uno de los recursos más usados en las defensas de muchos criminales para aminorar sus sentencias. La diferencia entre un perturbado y un criminal es una delgada línea que aún no sabemos bien a bien como precisar. Afirmar que la agresión o el asesinato se producen ya que pertenecen a una categoría psicopatológica, no vale para todos los casos. 

La sutil distancia entre el “mal” en estado puro (en el sentido que no está generado por alguna alteración neuropsicológica) y la enfermedad mental, es algo no suficientemente estudiado, aunque hemos avanzado en ello a lo largo del siglo XX y del actual, todavía falta mucho para despejar esta incógnita.

Sea lo que sea, quien tenga la responsabilidad de enfrentar esta violencia desatada no puede ser un humano indiferente al dolor ajeno, no puede estar permitiendo el asesinato. El tema nos duele y nos produce una sensación de impotencia y vulnerabilidad.

Espero que este 6 de junio nuestro voto se traduzca en estrategias de seguridad, aplicación de la ley, controles, una ciudadanía lejos de la polarización y la violencia; en donde estemos todos unidos para ayudarnos y mejorar. Que así sea y que las víctimas de estos tiempos dificiles, descansen en paz.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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