La bandera de la no injerencia ondea en lo más alto de la política exterior mexicana.

“No estamos de acuerdo con los países que, lejos de apoyar el normal desarrollo de las instituciones democráticas, dejan de lado el principio de no intervención en asuntos internos (…)”, escriben las áreas de política exterior de Argentina y México sobre la resolución de la OEA en contra de la violación de los derechos humanos en Nicaragua.

Los gobiernos de Alberto Fernández y López Obrador indican que tampoco están a favor “con la pretensión de imponer pautas desde afuera o de prejuzgar indebidamente el desarrollo de procesos electorales”.

Estas palabras podrían emocionar a estudiantes de primaria del siglo pasado, que al llegar a casa, estudiaban con gusto en sus libros de texto la historia del país manipulada por el entonces régimen del PRI.

El PRI usó la bandera de la no injerencia para impedir el señalamiento desde el exterior de las voces que catalogaban el régimen de dictadura de partido o, mejor dicho, de dictadura perfecta (Vargas Llosa).

Pero no, no se trata de un texto de un libro del siglo pasado. Son los gobiernos de Fernández y López Obrador quienes le obsequian su abstención a Daniel Ortega y Rosario Murillo.

La persecución de la pareja presidencial alcanza a sus viejos camaradas. El domingo pasado la pareja ordenó la detención de Dora María Téllez, Víctor Hugo Tinoco y Hugo Torres. Los tres lucharon contra la dictadura de la dinastía Somoza.

“Yo esperaría que México asuma una posición contundente y directa contra la dictadura de los Ortega-Murillo”, comentó Dora María Téllez, la comandante 2, a La Jornada (13 de junio).

Téllez, como muchísimos sandinistas, abandonaron el partido de Ortega por su perfil decadente y represor. Uno de los primeros que lo hizo fue Sergio Ramírez.

Por lo que escriben los gobiernos de Argentina y México, mantienen dudas sobre lo que ocurre en Nicaragua.

“Porque si hoy alguien viene y me dice que Nicaragua es un gobierno de izquierda, y que no hay que criticarlo, entonces ¿a qué conclusión vamos a llegar: a que la izquierda tiene que tener las manos libres para asesinar?”, cuestiona Dora María Téllez.

Los gobiernos de Argentina y México anteponen la no injerencia a la violación de los derechos humanos que sistemáticamente han ocurrido en Nicaragua. En las últimas semanas se ha agudizado la represión a través de secuestros y detenciones de líderes opositores.

El entonces presidente López Portillo rompió con la tradición de la no intervención para ayudar a los sandinistas a liberarse de la dictadura.

“Pero nos recibió don Jorge (Castañeda) en el hangar presidencial, nosotros ya en el poder del jet privado de Somoza recuperado en Miami, al son de La Negra que tocaba un conjunto de mariachis. La lista de peticiones que llevábamos entonces era inmensa: petróleo, para empezar; cereales, medicinas, materiales de construcción, pupitres, pizarrones, cuadernos, helicópteros para la Cruzada de Alfabetización, y si hubiera dependido de la voluntad del representante del PRI en Managua, habría sido más extensa todavía, porque cuando estábamos preparándola, (Castañeda) siempre repetía: “Eso es muy poco, agréguenle sin pena”.

Lo anterior lo escribe Sergio Ramírez en su libro Adiós muchachos (Alfaguara, 2007), y para que no quedara duda de la sí-intervención, Ramírez escribe: “En su viaje a Managua en febrero de 1982, López Portillo llevó consigo a todo su gabinete, y a medio vuelo, uno de sus ministros le preguntó qué tratamiento habría que dar a Nicaragua: “El de un estado de México”, respondió.

Quién lo diría, 39 años después, México le obsequia una abstención a la dictadura de la pareja presidencial. El peor momento de la política exterior en muchos años.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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