Son rachas positivas que no son obra de la casualidad, pero sí son momentos específicos que deben aprovechar para que garanticen que cuando pase la moda, o la suerte cambie, tengan una reserva para no hundirse.

Y son muchos los ejemplos de cómo las rachas positivas ayudan a ensalzar los aciertos y a obviar los defectos. Pensemos en dos estrellas de los noventa: México y Microsoft.

Nuestro país fue ejemplo de los peores manejos financieros cuando en los 70 y 80 los gobiernos irresponsables se dedicaron a administrar la abundancia y a hundir a toda una nación en una crisis que parecía insuperable.

Cuando en los 90 llegó el proceso de corrección y se pagó con austeridad y pobreza la corrección de las pifias, México se puso de moda. Está claro al paso de los años que desaprovechamos los momentos porque como país nos tiramos a los peores vicios de la deuda y los déficits, y no aprovechamos el momento para replantear desde la estructura el funcionamiento nacional.

En el equivalente de la moda noventera de México hoy podríamos poner a Brasil.

Las evidencias hablan de un bajo aprovechamiento de esa condición por parte del gobierno de Dilma Rousseff. Brasil no se puede sentir pleno con los cambios realizados hasta ahora y a la Presidenta le toca decidir si se deja envolver por la cómoda popularidad del estilo argentino de gobernar o si sigue con su despegue como potencial país desarrollado.

En el mundo de la tecnología, la firma de Bill Gates es pionera en sistemas operativos, es a quien le debemos la popularización de los equipos de cómputo. Gracias a Windows, Office y Explorer millones de personas aprendieron el mismo lenguaje.

Y a pesar de que siguen siendo estándar en la industria, la realidad es que hoy existen otras opciones. Dejemos a los expertos en tecnología decidir si es mejor sistema operativo el de Mac o el de la PC, lo cierto es que Microsoft perdió el halo protector de la moda.

Hoy Apple vive su mejor momento en toda su historia. El precio de sus acciones es muy elevado, quizá peligrosamente alto para un mercado tan cambiante, pero el apetito por sus papeles se mantiene.

La historia de Steve Jobs es un ejemplo lo mismo de negocios que de lucha por la vida o apta para un curso de superación personal.

Si su nueva iPad no cumple con las expectativas de los expertos, no importa, ¡es nueva!

Lo mismo puede suceder hoy con otros gigantes que pueden tener soportes más endebles, como Facebook. Porque no es lo mismo un toro robusto y productivo como Google, que con más discreción es el verdadero estándar en línea, que el sitio de amigos que está terriblemente sujeto a los caprichos de la moda.

Pero en el caso de Apple es un hecho que le tendrá que llegar el declive. Sea por competencia, sea por acumular decepciones en sus productos, o simplemente por desgaste de marca. Y es ahí donde demostrará su capacidad para reinventarse.

Pero el caso de hoy es Estados Unidos. Barack Obama también estuvo de moda, fue un rockstar terriblemente pasajero, producto de la crisis mundial. Pero hoy tiene una nueva ventana de oportunidad que debería aprovechar.

Lo que hoy puede relanzar a Barack Obama hacia una mayor aprobación que acabe por garantizar su reelección es el descrédito de sus competidores.

Los republicanos se han hecho famosos en su país por bloquear sistemáticamente todo lo que propone el demócrata. Y si a pesar de eso la economía estadounidense sigue creando empleos y aumentando el poder de compra, será visto como un personaje capaz de remontar los problemas políticos y económicos.

Además, basta con ver la sonrisa que se le escapa a Obama cada vez que sus contrincantes fracasan en lograr una candidatura fuerte que lo enfrente. Si Obama anda de tan buen humor en estos días es muy probable que sea por la debilidad de Santorum y Romney.

Sabemos muy bien por experiencia propia que un político y su partido cuando están en campaña no se mueven, porque no salen en la foto.

Pero ese nuevo impulso de Obama debería aprovecharlo para preparar el futuro de su economía.

Sería muy bueno que Obama nos sorprendiera con un nuevo modelo fiscal que muestre que la opción demócrata puede ser tan innovadora como los gadgets de la manzanita.