Después de un 2011 muy volátil en el cual los principales índices accionarios cerraron el año con pérdidas o, en el mejor de los casos, sin cambio, el 2012 ha arrancado con un desempeño muy positivo.

Durante enero, el S&P 500 tuvo un alza de 4.4% y en las primeras dos semanas de febrero, el incremento ha sido de 3.0% para un acumulado de 7.4% en lo que va del año -sin perder de vista que el consenso de analistas pronostica un alza de 11% para el 2012 completo.

Este desempeño positivo se ha dado en medio de un importante incremento el apetito por riesgo a nivel global que, a su vez, es resultado de tres factores fundamentales: i) la mayor intervención del Banco Central Europeo (BCE) como proveedor de liquidez para aliviar la crisis europea; ii) el anuncio de la Fed de que mantendrá las tasas de interés en cero hasta el 2014 si es necesario, y iii) la mejoría en las expectativas de crecimiento económico a nivel global.

Estos tres factores han contribuido a que los niveles récord de liquidez ociosa a nivel internacional -al que algunos analistas se han referido como la gran ola de dinero- y las valuaciones atractivas de varios activos de riesgo -como acciones, monedas y bonos emergentes- estén detonando una migración importante de recursos invertidos en activos de bajo riesgo a activos más riesgosos.

El buen desempeño de los mercados es una muy buena noticia para todos pero no debemos perder de vista que esta recuperación sería totalmente inexistente sin la gran intervención de los bancos centrales -principalmente, la Fed y el BCE.

Al final del día, lo que estamos viendo es una gran apuesta por parte del mercado a que los bancos centrales seguirán actuando como proveedores de liquidez ilimitada.

En este espacio hemos mencionado que las herramientas de política fiscal se encuentran muy limitadas y que, por ende, la política monetaria se ha convertido en la única arma.

Asimismo, hemos mencionado que por estas circunstancias extraordinarias, los bancos centrales se han visto forzados a ir más allá de su arsenal normal de herramientas y han tenido que implementar políticas poco ortodoxas pero necesarias.

Aunque hay varios detractores de las medidas extraordinarias tomadas por la Fed y el BCE, este columnista está convencido que son el mal menor y que sin ellas la economía global y los mercados se encontrarían sumidos en un marasmo de proporciones desconocidas.

Sin embargo, hay que reconocer que los bancos centrales no tienen una varita mágica y que tarde o temprano vendrá el momento en el cual las medidas extraordinarias de liquidez se tendrán que retirar y más vale que los principales beneficiarios de éstas se encuentren listos para enfrentar sus necesidades de liquidez por sí solos.

Aunque el reciente repunte de los mercados accionarios se ha dado con mucha fuerza, no hay que perder de vista la vulnerabilidad de las condiciones económicas.

Si bien el crecimiento económico de EU parece estar ganando tracción y la trayectoria del déficit público de ese país podría entrar en una dinámica más constructiva, la situación europea sigue siendo fundamentalmente errada.

El inminente rescate de Grecia y el apoyo a España e Italia resuelven problemas de corto plazo pero no plantean una solución de largo plazo. La decisión de Grecia de permanecer en la eurozona hace que su proceso de ajuste sea sumamente doloroso, a pesar del rescate y la reducción en la deuda.

Las medidas de austeridad impuestas a Grecia pueden contribuir a una gran recesión multianual, ya que las reformas estructurales difícilmente tendrán un impacto positivo en el corto plazo. Los líderes europeos están teniendo éxito en evitar un contagio de la crisis griega y comprar tiempo para España e Italia.

Sin embargo, el reloj camina para que Italia y España realicen su ajuste fiscal en medio de una recesión y un desempleo descomunal. Si estos dos países no son capaces de poner sus cuentas fiscales en una trayectoria sostenible, el modelo de la moneda común se pondrá en entredicho de nuevo.

El reto para España e Italia es grandioso. Alcanzar una reducción de su déficit fiscal como porcentaje del PIB en un entorno recesivo, con altísimo desempleo y sin un tipo de cambio flexible como válvula de ajuste sigue siendo un experimento inédito. Aunque los mercados podrían conservar su trayectoria ascendente, ésta parece agotarse en el corto plazo.

joaquinld@eleconomista.com.mx