En la necesidad de apertura energética real, profunda, ningún funcionario público de esta administración ha insistido tanto y tan públicamente como Alfonso Romo. Herrera, Urzúa y algunos otros de corte técnico y hacendario han entendido la importancia del tema, señalándolo en su momento. Pero la cantidad de tiempo, declaraciones y credibilidad que le han invertido Romo y miembros destacados de su equipo, como Abel Hibert, rebasa al resto por mucho. Ellos quieren rondas, subastas, farmouts, desarrollo de pensamiento, infraestructura y estrategia independiente. Quieren inversión real en los niveles más sustantivos, sin necesidad de montarla sobre el balance general de Pemex y la CFE. Aquí no se trata de ponerle una barnizada de apertura a la cerrazón. Si va a haber apertura, que cumpla con todas las de la ley para que así también se pueda llamar ante el mundo entero.

Por eso es tan preocupante la nueva serie de declaraciones de Romo. Afortunadamente, todavía no se materializan en propuestas concretadas. Pero, en la antesala del muy esperado plan de infraestructura en materia energética, Romo ya buscó minimizar ante la misma industria las probabilidades reales de que haya farmouts: “Probablemente va a haber muy poquitos farmouts porque ahorita le vamos a dar prioridad a Pemex”. De las rondas y las subastas ni hablar.

Lo realmente grave, sin embargo, fue la sensación de déjà vu que involuntariamente ha despertado entre algunos observadores. Al afirmar que “va a haber contratos especiales en caso de que no se tengan recursos, de acuerdo con una fórmula en donde gane Pemex, pero todavía no lo tenemos claro”, seguramente buscaba inyectar confianza y un renovado compromiso con la apertura. Pero, para los que hemos seguido la historia de las aperturas energéticas mexicanas, más bien transmitió lo contrario.

Los CSM de Fox, los CIEP de Calderón y los CSIEE de López Obrador son contratos especiales. Todos, en su momento, se anunciaron como si marcaran el comienzo de una nueva era de apertura, como un hito de pragmatismo que realmente fortalecería a Pemex. Pero todos, muy desviados de las prácticas globales de inversión de los operadores en la industria, muy rápidamente han demostrado que no son más que cerrazón con chapa de apertura. En vez de socios y operadores, generan contratos de servicio. Le garantizan a Pemex el control, pero no queda claro que esto lo fortalezca. Los resultados de todos estos modelos, de hecho, han sido muy pobres: ni transferencia tecnológica, ni aprendizajes de operación, ni incrementos sustantivos y sostenidos en la producción. Los que los han propuesto, irónicamente, solamente han pervertido el sentido de apertura.

En un sentido más amplio, el reposicionamiento narrativo de Romo —si es que se cristaliza en acciones con esta dirección— actualiza el planteamiento del profesor Ugo Pipitone. Quizás no estemos en la pesadilla nietzschana de eternos retornos. Pero vivimos en un país de eternos comienzos. Después de tener competencia real, inversiones que avanzan y acceso a ideas que atraen y emocionan, es igual de desesperanzador descubrir que, en realidad, podemos terminar en la misma primera casilla. ¿De verdad hemos llegado hasta acá para terminar así, conformes con una apertura fake que disfraza la competencia con contratos especiales?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell