Se fue uno de los más conocidos chefs de la televisión, Anthony Bourdain. Un personaje que trascendió más allá de las cocinas por su forma y talento para contar historias con el pretexto de la comida, por su real vida de rockstar con los excesos que ello implica. Irreverente, dueño de un humor negro agudo, punzante, y sobre todo, siempre fiel a su personaje público de aventurero, rompemoldes y ventilador de la cultura laboral de las cocinas de los grandes restaurantes.

Bourdain es un fenómeno mediático digno de estudiar en muchos sentidos.

Hoy más que nunca, la cultura viajera es más accesible a mayor número de personas. Parecería que ser trotamundos culinario es hoy parte del modus operandi de una generación principalmente compuesta por Millennials. Bourdain, en este sentido, rompió con paradigmas del statu quo estadounidense: al sentirse poseedores de la cultura pop dominante y del poderío económico, los estadounidenses de una generación no veían más allá de sus narices: es uno de los pocos países del G7 donde la mayoría de sus habitantes sólo hablaba un idioma (el inglés), una gran mayoría de ellos no conocía los nombres de países o capitales allende sus fronteras. No es que Bourdain fuera el educador que la clase trabajadora blanca gringa estuviera esperando, pero con su estilo sin concesiones ilustró cómo el conocer otras culturas a través de sus comidas es un acto de conocimiento personal y del otro.

Tal vez los conceptos y estilos que manejaba Bourdain no son novedad para estudiosos de la alimentación desde un punto de vista social o antropológico. Pero lo que bien valdría la pena aprenderle es la forma de divulgar conocimiento inherente a la gastronomía, a la antropología o a la sociología de una forma que atrae a las masas, sin perderse en conceptos estériles de los que en muchas ocasiones se abusa en las ciencias. La gente cree estar viendo un documental donde Bourdain se atreve a comer las comidas más exóticas del globo, pero sin darse cuenta, está viendo ejemplos de exotismo culinario, procesos de identificación, regionalización, patrimonialización, sociabilidad alimentaria, sociología del trabajo, entre un sinnúmero más de conceptos que, mencionados así, a mucha gente le parecería muy poco atractivo ver un documental a propósito ellos.

Bourdain puso sobre la mesa asuntos que eran un secreto a voces sobre la cultura de trabajo y explotación en las cocinas, el abuso de sustancias para mantener las pesadas cargas de trabajo y estrés, y recientemente, fue uno de los hombres que levantaron la voz a favor del movimiento #MeToo contra el acoso sexual. Fiel a su estilo, su muerte obliga hoy a poner sobre la mesa la importancia de hablar de las enfermedades mentales como un tema de salud pública que debe dejar de ser tabú. El suicidio es todavía socialmente condenado. Así como una persona muere de cáncer, se muere de enfermedades mentales y se debe tratar con el mismo grado de importancia. Socialmente, no se mira de la misma manera a un enfermo de cáncer —el resiliente, el héroe— que a un enfermo mental —el loco, el malagradecido con la vida—. Las consecuencias de ello empiezan a alertar sobre la importancia de reconocer estos problemas de salud pública como una realidad que hay que reconocer, y en segunda instancia, prevenir en la medida de lo posible.

@Lillie_ML