Es historia conocida: año con año, los gimnasios en enero se llenan, las resoluciones de comer mejor o de bajar de peso están en la lista de propósitos de muchas personas que ya entrado el año, quedan en meras buenas intenciones. ¿Por qué fallamos?

Existen muchos factores alrededor del hecho de por qué desistimos de llevar una alimentación sana. Pero la primera pregunta sería, en efecto, ¿cuál es la alimentación sana? El discurso preconizado tiende siempre a utilizar palabras como equilibrio , balance , etcétera, pero, ante el bombardeo de informaciones científicas contradictorias (ya no digamos las fuentes sin rigurosidad del método científico) acerca de la mejor composición de la dieta, encontramos que existen contradicciones sobre la mejor manera de combinar las grasas o los hidratos de carbono de una dieta. Aún más, si somos más quisquillosos, algunas sustancias como por ejemplo la cafeína son objeto de estudios científicos en los que, por un lado, se recomienda evitar su consumo, y por el otro, se estudia como un antioxidante para la prevención de ciertos tipos de cáncer. Y así, hasta con las sustancias consideradas más inocuas, por ejemplo, con aquellas contenidas en frutas y verduras, podríamos armar una lista de todas aquellas que serían potencialmente nocivas para el organismo. Tal vez, más que en la composición de la dieta, tendríamos que poner atención en factores que comúnmente dejamos de lado y que determinan, en gran parte, lo que comemos.

Tal vez el cambio de un hábito no tiene que ver con información. Debemos aceptar que el comer es una conducta aprendida. Todas nuestras preferencias, gustos, costumbres y hábitos alrededor de la comida están moldeados desde que nacemos a través de las experiencias que vamos desarrollando con la comida, por medio de las cuales también nos vamos relacionando con los demás. El olor y el sabor de un alimento puede ser tan poderoso que nos remita a un recuerdo agradable o totalmente desagradable. La forma en la que estuvimos expuestos a nuevos alimentos, a nuevos sabores, la forma en la que se nos presentaron las oportunidades de degustar nuevos platillos o de rechazar algunos otros aún sin experimentar su sabor, moldean mucho la forma en la que comemos hoy en día. Si queremos cambiar un hábito, se requiere algo más que tratar de tomar conciencia sobre lo que es bueno o malo, o sobre lo que se debe o no debe de comer.

Todos sabemos qué cae bien o mal al organismo. Casi todos sabemos que las garnachas, por más sabrosas que son, cuando son hechas con aceite requemado difícilmente van a pasar sin pena ni gloria por el tracto digestivo. A la inversa, cuando incorporamos alimentos que a nuestro organismo le sientan bien, también lo sentimos. El problema está cuando queremos obligarnos a cambiar un hábito de tajo, por medio de una racionalización (que se siente muchas veces, como castigo) y que, por lo tanto, muchas veces, resulta en una resolución fallida o no permanente. Tal vez la clave reside en reencantar lo que comemos, investigar nuevas formas de cocinar algún ingrediente o platillo que sabemos que hace bien a nuestro cuerpo, compartir la preparación y la mesa con compañía agradable, reeducar nuestro paladar poco a poco incorporando nuevos sabores y formas de preparación de las comidas, saber escuchar a nuestro cuerpo cuando tenemos apetito y saciedad, estructurar nuestros tiempos de comida para dedicarle el tiempo merecido, entre muchas otras acciones. Con estas tareas tenemos ya bastante camino por recorrer para lograr que nuestra alimentación, además de salud, nos dé satisfacciones sociales y emocionales.

Twitter: @Lillie_ML