Arranca el 2015 y nos dirigimos al proceso electoral más grande e inédito, por varias razones.

Más grande por la cantidad de cargos a elegir (más de 2,000, incluyendo diputados federales, gobernadores, ayuntamientos y delegaciones, congresos locales y Asamblea del DF); por el número de votantes convocados (más de 80 millones) y por el costo que significará para los contribuyentes (alrededor de 37,000 millones de pesos).

Inédito por la magnitud apuntada y porque implica el estreno de legislación y autoridades electorales federales y locales, y la adición de tres nuevos partidos.

Pero más allá de los números, lo importante es que avanzamos hacia las elecciones en un ambiente de desencanto frente a las instituciones y los partidos políticos, considerando la crisis provocada por los acontecimientos del 2014.

El PRD es la fuerza política que llega más debilitada a los comicios. Si bien la salida de López Obrador, y más recientemente de Cuauhtémoc Cárdenas, le ha permitido al partido liberarse del peso de sus caudillos históricos, lo cierto es que la incorporación de Morena amenaza con hacer un boquete en las filas y en los votos del perredismo.

El tema de Guerrero, los ediles apresados y el gobernador bajo sospecha han complicado enormemente las cosas para la corriente dominante de Los Chuchos y para la nueva dirigencia de Carlos Navarrete.

El PAN también ha sido golpeado por los escándalos de corrupción de legisladores y autoridades locales. El relevo de Ricardo Anaya abrió una tregua en la conflicto de maderistas y calderonistas, pero las hostilidades se reanudarán en cuanto tengan que definirse las listas de candidatos a competir en junio.

El PRI presenta un frente interno más estable, pero está también en terreno pantanoso por la crisis de violencia e inseguridad en el sur del país. Al cierre del año pasado lideraba la intención de voto para diputados federales, beneficiado por la precaria situación de sus oponentes.

Por si el escenario no fuera suficientemente complicado, hay que agregar las voces que llaman a cancelar comicios en estados como Guerrero o Michoacán, o de plano a desechar todo y refundar la República.

Lo primero no se ha dado en la historia democrática del país y sería una derrota colectiva frente al crimen organizado. Lo segundo es un despropósito de quienes añoran salvaciones mesiánicas. No hay que olvidar que, a río revuelto ganan los radicales, y eso no conviene a nadie.

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