“Si cuestionas al nuevo gobierno es porque eres prianista. No hay resultados porque todavía es muy pronto. Tú no quieres que México cambie, por eso sólo ves lo negativo. Hay que darle el beneficio de la duda. No creas todo lo que te dicen, este gobierno es diferente”

¿Les suena familiar? Es la actitud de quienes fueron anti establishment y se transformaron en militancia oficialista. Los que hoy tienen esperanza y fe en una nueva forma de hacer las cosas, la que cree en las capacidades transformadoras del nuevo Presidente.

Me detengo y leo. He escrito “esperanza”, “fe”, “cree”, y no ha sido un error. De hecho, el cambio de año y la lógica que trae consigo una nueva etapa (los anhelos, los deseos), me hizo pensar en el lopezobradorismo. No en el del gobierno, que por cierto tiene de todo, sino en el de los muchos mexicanos que defienden la etapa política que ahora se vive. Los muchos muchísimos mexicanos que votaron, ganaron y hoy tienen una esperanza que primero creí que había que respetar pero que hoy considero que no es tan inocua.

En la dimensión de la esperanza y la creencia se mueve hoy la actitud de muchos mexicanos hacia la administración federal, a la que han decidido defender porque defenderla es proteger sus propias emociones y anhelos.

Es verdad que la defensa a un régimen o a un status quo es vieja como el poder. En la historia reciente, priistas que defendían a Enrique Peña Nieto hubo por montón. Panistas que argumentaban a favor de las políticas públicas emprendidas por Calderón hubo a pasto. Mexicanos que ponen a Fox del lado correcto de la historia hay muchísimos.

Pero el fenómeno de los lopezobradoristas de hoy tiene ese inquietante ingrediente adicional que trae consigo la necesidad de creer. En el futuro que traerá consigo un hombre. Un hombre que ha mostrado fuerza, congruencia, capacidad de lucha, habilidad para definir enemigos y carisma para no luchar solo.  

López Obrador no es hoy, ni de lejos, un dictador al que se le agradezca por la cosecha o el nacimiento de un hijo como sucedió con perversos líderes de otras latitudes. ¡Gracias, Lenin!, dicen que se oía en los hospitales de maternidad de Estonia cada que un bebé nacía vivo. Y gracias Lenin, también, cuando quienes desaparecían no eran los seres queridos.

No estamos ahí, ni de cerca. Pero no hay que dirigirnos nunca hacia allá. Cada que un mexicano crea en la palabra de un gobernante paternalista, a pesar de las evidencias empíricas que muestran todo lo contrario, estaremos un pasito más cerca del abismo. Cada que un ciudadano, por fe, ridiculice cifras o ponga una demanda contra los críticos, estaremos avanzando otro poco hacia el horror.

Insisto, no estamos ahí. Pero cuidado, porque la fe es peligrosa y por eso hay que caminar hacia la razón y la cordura. Cada que un lopezobradorista argumente a favor de una política pública sin sacar sus argumentos de la capacidad moral de su líder, estaremos más cerca de tener una sociedad libre de abismos autoritarios. Tengo ese anhelo para el 2020: que el lopezobradorismo mantenga su espíritu de lucha contra un status quo injusto pero elimine su ceguera ante el discurso oficial.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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