Miedo por la inseguridad, el problema número uno; el populismo afecta la gobernabilidad y la democracia.

Lo que pasó en las recientes elecciones en Brasil es grave. Es un país que ha sido líder regional y protagonista relevante de los escenarios mundiales. Es la octava economía del planeta. Ahora se aísla por un populismo de extrema derecha. Bolsonaro emergió de la nada con el apoyo de empresarios y evangélicos.

El nuevo gobierno brasileño se adhiere a las posiciones de Trump, lo que significa rechazar las iniciativas globales contra el cambio climático, abrazar el proteccionismo, estar en contra de la Organización de las Naciones Unidas, sin proponer nada a cambio e indiferencia a los problemas globales.

Internamente se propone perseguir a los militantes de izquierda y a los periodistas que lo critiquen. Sigue los dictados de Steve Bannon, estratega de Trump: el hundimiento de la izquierda y del centro político. Tiene razón José Mujica, expresidente de Uruguay cuando reconoce: “La antipolítica es aventurerismo o fascismo. Prefiero a los conservadores”.

Económicamente el gobierno de Bolsonaro será neoliberal, en la línea marcada por Pinochet en Chile. Esto hará que abunden las desregulaciones, así como la privatización de empresas públicas.

Por ello, es pertinente que se forme una fuerte oposición política para neutralizar las ocurrencias depredadoras de Bolsonaro. Pero además porque sin clase política no hay cultura política y sin ésta no hay instituciones duraderas.

El efecto contagio de la experiencia brasileña ya se especula, particularmente en aquellos países que viven el caos político como Perú, en donde puede surgir una figura similar. Hay antecedentes históricos de la influencia política de Brasil, como cuando llegaron los militares al poder presidencial ocasionando experiencias similares en otros países, o cuando llegó la izquierda al poder en el 2003, significando un efecto parecido en países cercanos.

Este ascenso populista en Brasil se lamenta debido a la necesidad de contrapesos a la ola populista que está triunfando en el mundo. Pero además porque en América Latina hay signos negativos: en Chile el cambio hacia la derecha, en Colombia el freno a la izquierda, en Venezuela y Nicaragua por el viraje autoritario. Sólo López Obrador atisba un levantón para la izquierda. Dice Romano Prodi que fue dos veces primer ministro de Italia y expresidente de la Comisión Europea: “No hay nada que reste más poder al pueblo que el llamado poder para el pueblo”.

En el contexto europeo, se lamenta que figuras antipopulistas empiecen a retirarse. Angela Merkel optó para no buscar la reelección en el 2021. La política europea pierde a una de sus figuras más sobresalientes. Encarna el desprecio a la demagogia.

Estamos en América Latina, ante un escenario de incertidumbres debido al declive de la calidad democrática. Según la última información de Latinobarómetro, los ciudadanos se alejan de las ideologías y crece el desprecio ante el tipo de gobierno. Llega el populismo y con ello la previsible indiferencia a los problemas sociales. El viejo sueño de hacer un Plan Marshall para Centroamérica ahora está sepultado.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.