Súbitamente, el país ha entrado en una zona de aparente tranquilidad. No hay que engañarse: el músculo duerme, aunque la ambición trabaja. En el bando de los presuntos triunfadores electorales ya se empiezan a oír, aquí y allá, voces inquietantes en relación con la supuesta reorientación que requiere la política económica.

La reflexión debe partir de un punto de acuerdo: el crecimiento económico en México ha sido insuficiente durante las últimas décadas. ¿Cómo proceder para que la economía adquiera un mayor dinamismo? La única manera de conseguir un crecimiento más rápido es con el aumento de tasas de inversión y ahorro. En las fórmulas para lograr que se eleven esas tasas reside el quid de la cuestión.

Hasta aquí hay coincidencia. Las inquietudes empiezan porque el deseo de acelerar el crecimiento ha extendido también, quizá inevitablemente, una invitación a propuestas sofistas que siendo falsas se nos presentan con apariencia de verdad. En suma, estamos en el umbral de entrar a una etapa de espejismos y falsas soluciones; panaceas, pues.

El ambiente evoca los años finales de la época del desarrollo estabilizador, cuando se convirtió en moda intelectual criticar la estrategia de política económica que se había venido aplicando desde 1958. Los verdaderos peligros se concretaron cuando surgieron las propuestas que inocentemente se presentaban con la etiqueta de heterodoxas.

En particular, unas propuestas de ese corte deben empezar a despertar alarma: las relacionadas con el expansionismo fiscal y monetario dizque para impulsar el crecimiento. Aun si esas políticas pueden lograr una aceleración temporal, de todas maneras son altamente perjudiciales y, por lo tanto, no recomendables, en razón de que no garantizan una expansión sostenible.

En el otro lado de la moneda están los daños directos que causa la aplicación de una estrategia expansionista con implicaciones alcistas. Las políticas de ese tipo generan inflación y ésta termina inexorablemente en crisis de balanza de pagos acompañada, posiblemente, con un exceso de endeudamiento. Cuando todo eso ocurre, los salarios reales sufren deterioro, se destruyen los ahorros en moneda nacional y se hace más inequitativa la distribución del ingreso. ¿Sueños de opio o paranoia económica? No es así. Ya lo dijo el escritor George Santayana: Quien olvida el pasado, tiende a repetirlo . Le ocurrió así a México durante la Docena Trágica con dos presidentes del PRI. La aplicación de una estrategia económica expansionista y heterodoxa desembocó en hecatombe. ¿Otra vez?

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