La instrucción salió de Los Pinos, en los primeros días de octubre: los mandos medios y superiores de la administración federal -es decir, directores generales, subsecretarios y titulares de despacho- debían firmar la renuncia al cargo que les había conferido el presidente Felipe Calderón Hinojosa. Los escritos debían estar fechados en los últimos tres días de noviembre.

La cortesía del Presidente saliente al Mandatario electo bordeaba la candonga. Pero así era el estilo calderonista, más allá de las reglas del rancio sistema político, esas que los panistas nunca comprendieron del todo y que dominaron escasamente. De hecho, la instrucción se hizo extensiva a los delegados de las 18 secretarías en las 32 entidades. 

El Presidente instruyó... pero los panistas no lo obedecieron sin chistar. Ahora mismo se conocen algunas de esas historias que impidieron que los panistas desalojaran la parte superior de la pirámide de mando del gobierno, como Calderón había dispuesto.

Hay que entregar las renuncias hasta que los que lleguen las pidan , opinaba una amplia mayoría, a la que impulsaba el instinto de sobrevivencia, sin duda, pero también una racionalidad política: había planes y programas en curso que no podían dejarse al garete. Y también, una estricta normatividad que no los eximía de sanciones administrativas, con un simple oficio de renuncia irrevocable.

Un mes antes del cambio de poderes, los mandos medios y superiores acudían a talleres sobre los trámites del proceso de entrega-recepción. Y los secretarios se alistaban para recibir a los funcionarios de la nueva administración que acudieron como representantes del equipo de transición.

En dependencias estratégicas, hasta llegaron los futuros subsecretarios. A mediados de noviembre, llegó Luis Enrique Miranda Nava a cuatro largas reuniones con el personal de la Subsecretaría de Gobernación. Incluso en la última mostró cerrazón, celo. De los panistas, no quiso información o asesoría. Y nada estaba dispuesto a compartir.

Mientras el abogado mexiquense recorría el Palacio de Covián, en el centro de mando de la Policía Federal, Miguel Ángel Osorio Chong trataba de empaparse de los principales asuntos de la dependencia que encabezaba Genaro García Luna. El exgobernador de Hidalgo estuvo acompañado por Roberto Campa Cifrián y Jorge Carlos Ramírez Marín, quienes resultaron damnificados del atorón a la reforma de la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal en el Senado de la República.

Los enviados peñistas llegaron casi a todos lados. Por la Conagua apareció David Korenfeld; por el IMSS hizo lo propio José Antonio González Anaya; por la Reforma Agraria, Gustavo Cárdenas... aunque hubo casos notables, porque los encargados de recibir dependencias (Enrique de la Madrid en la Sagarpa, Alfredo del Mazo en el ISSSTE o Virgilio Andrade, en Función Pública) al final no fueron ratificados.

En su regreso a Los Pinos, el PRI opera con reglas arcaicas. Y si se trata de conjugar equipos -recuerdan priístas de viejo cuño-, los líderes en primera instancia seleccionaban a sus amigos; entre ellos, escogían a los más sabios y de éstos, a los más leales.

Esa regla está vigente, pero no aplica a todos los casos , acota otro priísta, ahora con larga experiencia en tareas legislativas. 

Ejemplos sobran. Allí está el caso de Luis Miguel Montaño. Matemático, egresado del ITAM, inició el sexenio como Oficial Mayor de la Sedesol y siguió a su amigo Ernesto Cordero a Hacienda, donde fue ratificado por José Antonio Meade Kuribreña. En la transición, participó en las reuniones con el equipo entrante.

No platicó con Luis Videgaray hasta el pasado lunes, cuando hizo su arribo triunfal. Al rato hablamos , le propuso. En la tarde, mientras el poderoso Secretario de Hacienda participaba en una reunión de gabinete, su Secretario Particular llegaba a la Oficialía Mayor para solicitar que desalojaran el área, ante el arribo inminente de María Fernanda Casanova, también itamita, aunque profesionalmente en las antípodas de los corderistas. 

Discípula de Pedro Aspe, estuvo en Los Pinos y después en la Secretaría de Agricultura, con Luis Téllez, aunque tuvo que hacer una pausa en el servicio público para rehabilitar su mermada salud. Montaño, como la mayoría de los mandos medios y superiores de la administración calderonista, firmó su renuncia... con fecha del 1 de diciembre.

Las historias ocultas de la transición se acumulan, pendientes de exponerse. Allí están, por ejemplo, la negativa de la embajadora Alicia Bárcena, de hacerse cargo de la Cancillería. También, los anhelos frustrados de Gloria Guevara y Salomón Chertorivski, de repetir en Turismo y Salud. Los proyectos temporalmente enlatados, como el Instituto Nacional del Emprendedor, que tiene listo el nuevo subsecretario de Pymes, Enrique Jacob Rocha, y cuya suerte depende del Legislativo. 

Entre todas, destaca la de Fernando González Sánchez, exsubsecretario de Educación Básica y yerno de La Maestra Elba Esther Gordillo. Todavía el lunes, recibía una llamada por parte del secretario Osorio Chong para pedirle que se alistara, pues se haría cargo del ISSSTE. Literalmente, lo dejaron vestido y alborotado.

Todo lo contrario, Guillermo Santillán Ortega, extitular de la Unidad de Enlace Federal de la Segob, quien con sus cercanos hace alarde de su próximo encargo como Director de Juegos y Sorteos. Pero resulta que es compadre del polémico zar de los casinos, José Rojas. Y lo peor: ha trascendido que presume que lo está promoviendo el consejero de la Judicatura Federal, Daniel Cabeza de Vaca.