Es un hecho que la pandemia nos tomó a todos por sorpresa al inicio de este año. Con el paso de los meses y el flujo de la información, fuimos aprendiendo maneras de prevenirla. El personal de salud cuenta con protocolos cada vez más especializados para tratar a enfermos de Covid-19.  Sin embargo, todavía estamos lejos de poder controlarla a nivel mundial. Los estragos económicos, políticos y sociales de la pandemia siguen manifestándose. Y con todo esto, nos llegan imágenes de vacacionistas en la Unión Europea conviviendo en la aparente “nueva normalidad”, mientras que en este lado del océano las medidas de reapertura y distanciamiento social no están aún en ese mismo tenor.

El espacio público en algunos países de Europa, resulta, cultural y socialmente, una parte activa indiscutiblemente en la vida cotidiana. Las ciudades extendidas, y los desarrollos suburbanos de Estados Unidos están marcados por las grandes distancias, el uso del automóvil y a la vez, la configuración de las viviendas alrededor de centros comerciales y de servicios. En contraste el espacio urbano en Europa apresura a una relación más estrecha entre las distancias, la configuración cultural del espacio urbano es más reducida en dimensiones, pero también en los usos sociales que se hacen de él. Y es aquí cuando el choque cultural se provoca, al ver las terrazas de cafés y restaurantes llenas de comensales (eso sí, con una mesa de distanciamiento social). La relación cultural con el espacio no resulta ser la misma en México, no solamente por la extensión en dimensiones espaciales, sino también en cuestiones de lo que resulta ser de uso social público y privado. Ante esto, nuevos planteamientos sobre los usos sociales de los espacios – sobre todo, aquellos de convivencia como restaurantes, cafés, bares y cines- también invitan a reflexionar sobre las cuestiones problemáticas que ello venía acarreando.

Es común que los habitantes de las ciudades europeas que reciben gran número de turistas durante el verano, se quejen de ellos continuamente. Ante el cierre de fronteras, el turismo nacional en cada país europeo aumentó, y aun con ello, ciertos nichos del turismo sufrieron sin duda los estragos de la crisis, sobre todo los que conciernen al turismo de lujo, que en gran medida recibe a estadounidenses y asiáticos como sus principales usuarios.

De la misma manera, el encarecimiento de la vivienda en las zonas metropolitanas de las grandes capitales europeas o estadounidenses, obligó a reflexionar sobre los empleos de la ciudad. Por un lado, los trabajadores de los servicios – restaurantes, cafés, hospitales, bares, servicios de limpieza – fueron en cierta manera, los empleos con mayor riesgo durante la pandemia, y muchos de ellos, con la imposibilidad de realizar su trabajo desde casa. Paradójicamente, estos empleos son los que menos ofrecen la posibilidad de poder pagar una vivienda en las zonas conurbadas de la ciudad.

Históricamente, los usos sociales de cafés, restaurantes y terrazas en Europa, son el ejemplo perfecto del espacio público donde se mantiene el vínculo social. Los retos que la pandemia ha propuesto hacen evidente las problemáticas de la apropiación del espacio público en relación con los servicios, el turismo y el empleo. Aunque eran temáticas que ya se ponían sobre la mesa como relaciones problemáticas, la nueva normalidad destapó cloacas que por el momento, se evidencian de una manera más fuerte para todos los habitantes del espacio público.

 

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.