Pido perdón a las personas mayores por dedicar esta columna a los niños.

Tengo, sin embargo, una seria disculpa, los 97 niños a los que dedico mi trabajo jamás llegarán a ser personas mayores. Ellos han muerto en medio de una guerra emprendida por adultos a los que, tal parece, ya se les olvidó que fueron niños y que éstos existen.

Con esta paráfrasis de la dedicatoria que Antoine de Saint-Exupéry hiciera de El Principito, su obra máxima, rindo un modesto, pero sentido, homenaje a las víctimas inocentes de una guerra que no llamaré ingenua; hacerlo podría ocasionar que quien la capitanea me invitara a cantar a dueto y la cantada no se me da. Canto tan mal que cuando formé parte del Coro Infantil de la Parroquia de Nuestra Señora de la Luz hubo feligreses que cambiaron de religión. No sé si por desafinado o porque no me dejé tocar las nalgas, el director del grupo coral -el padre Jorge- me dio una bofetada, perdí el conocimiento –que era poco si consideramos que apenas estaba en tercero de primaria-, nunca volví en sí, volví en la –menor-.

Pero disgregaciones musicales a un lado, decía yo, la guerra cuyos daños colaterales han sido menores –de edad- no es ingenua, es irresponsable, imprudente e insensata. Y uso estos calificativos porque es una irresponsabilidad establecer una confrontación bélica contra un enemigo del que, en el momento de iniciar las hostilidades, se desconocía su potencialidad; es una imprudencia entablar la lucha de poder a poder sin tener un eficaz aparato de inteligencia y una estrategia definida, y es insensato pensar en ganarla sabiendo que las corporaciones encargadas de los combates están infiltradas a todos los niveles por el adversario.

La prueba más reciente de esta última afirmación la tenemos en lo sucedido en Morelia, la madrugada del domingo pasado, cuando un grupo de sicarios, con lanzagranadas y rifles de alto calibre, atacó la camioneta en la que viajaba la Secretaria de Seguridad Pública de Michoacán, Minerva Bautista, y sus escoltas. El ataque duró cuatro minutos, lapso en el que se dispararon 2,400 balas. A pesar de la presencia policiaca en la zona, nadie respondió a las llamadas de auxilio de la funcionaria. ¿Van a venir a ayudarme o no hijos de su ? ¡Me están matando! –imploró Minerva- a través del sistema de intercomunicación.

Imagino: en la cercanía del sector donde sucede el ataque, una patrulla recibe la llamada de auxilio por medio de la radio frecuencia y se origina el siguiente diálogo: ¿Oyó, pareja? Sí, ya nos mentó la madre la jefa, no son modos de pedir las cosas, ¿no cree? Pero, ¿qué procede? ¿Vamos a ayudarle? Hasta acá se oyen los balazos. Afirmativo pareja, pero usted ni se aflija ni se afloje. Vamos a contar las detonaciones y cuando llevemos contadas 2,000 ponga en marcha la unidad rumbo al lugar de los hechos ¡Ah!, pero eso sí, maneje a velocidad moderada y respete las señales de tránsito.

Infancia es destino

La frase no es mía ni de Marcial Maciel, el axioma es de Sigmund Freud (1856-1939) padre del Psicoanálisis –y de seis hijos, para sacarlos adelante se vio obligado a aumentar, progresivamente, los honorarios de sus consultas, llegó a cobrar 250 marcos (de los de antes de la guerra) por sesión de 50 minutos en el diván, hablara o no el paciente. A este aumento constante de tarifas han sido fieles sus seguidores y colegas de profesión, razón por la cual en la actualidad psicoanalizarse resulta más caro que inscribir a un hijo en la Universidad Anáhuac-.

Pero regreso al tema. Lo que Freud quiso decir con la frase que encabeza el párrafo es que las primeras relaciones que tenemos en la vida, ya sea con nuestros padres, familiares o amigos, trazan una parte fundamental del futuro que viviremos como adultos. El que esto escribe, por ejemplo, recuerda que en la infancia cuando mi mamá me estaba contando un cuento, le preguntaba a mi padre cómo le había ido en el trabajo y cuando éste comenzaba a decirme que bien, entonces yo les proponía a mis hermanos jugar a las escondidillas, una vez logrado mi objetivo en lugar de esconderme salía a la calle a ver a mis amigos que estaban jugando al trompo y les proponía jugar a las canicas. De ahí que, ahora que soy adulto, tenga yo una tendencia a la disgregación como el lector, si aún está ahí, ha podido comprobar a lo largo de este artículo.

Con la promesa de que chingo a mi madre –que contaba muy bonitos cuentos- si vuelvo a desviarme de la idea central de mi colaboración motivada por el Día del Niño, me dispongo a suponer cómo fueron durante su infancia algunos de nuestros políticos.

Primero las damas: niña Beatriz, ¿de qué vienes disfrazada? No es disfraz, maestra, vengo vestida con un huipil tlaxcalteca para manifestar mis profundas raíces y convicciones nacionalistas. ¿Hiciste la tarea? Por supuesto, ya armé los rompecabezas de los 12 estados de la República. ¿Y cómo lo lograste? Muy fácil, con el viejo truco de la unidad, dejé que mis amiguitos que juegan a ser virreyes pusieran sus piezas favoritas.

¿Qué vas a se cuando seas grande Elba Esther? Maestra, maestra, por lo pronto soy la Presidenta Vitalicia de la Sociedad de Alumnos y como tal le pido que a mis compañeros les aumente 4.9% en sus calificaciones y a mí me ponga 10 en todo. ¿Y tú, niño Lujambio, qué opinas? Que lo que dice la compañera Gordillo está perfecto.

Niño Javier Lozano, resuelve este problema: ¿si tenemos 1,100 kilómetros de fibra óptica y 44,000 desempleados, qué resultado obtenemos? Una huelga de hambre, maestra.

Niño Ramírez Acuña, hoy fue el último día del periodo ordinario de labores, ¿hicieron la tarea que les dejé a los 500 de tu equipo? No toda maestra, las reformas más importantes las dejamos para el próximo periodo. Es que algunos niños sólo se dedican a molestar. Pido la palabra, por alusiones personales, maestra. ¿Qué quieres decir, niño Noroña? Me parece una gran cobardía que el compañero Ramírez diga eso, no tiene cara. Tranquilo, Noroña, desde tu pupitre. No maestra, voy a tomar el pizarrón.

Entra al salón un niño fornido, tirándole a gordo y les grita a los de afuera:

Métanse con la autoridad y no con los ciudadanos. Los estamos esperando.

El cobarde muere 1,000 veces, el valiente sólo una. Yo me siento tranquilo y seguro. Me siento a salvo. ¿Otra vez de pleito Gómez Mont? ¿Quiénes son esos ocho niños que te acompañan en posición diamante? Son mis guaruras.

Lo que pasa es que existen errores de percepción sobre la seguridad de nuestra escuela y algunos alumnos se dedican a hablar mal de ella. ¿Y todo por qué? Porque los alumnos de 6º Z son muy violentos. Por eso yo propongo que hay que acabar con ellos y les pido a mis compañeros Guillermo Galván, Mariano Francisco Saynez y Genaro García Luna que traigan a todos sus cuates para que los enfrenten. Calmado Felipe, yo que tú no le pediría a Genaro que metiera a sus cuates a la lucha que pretendes porque algunos de ellos son malosos y traicioneros, pero allá tú, niño Calderón. Por cierto, ¿qué quieres ser de grande? Talla large para que me quede el uniforme del Servicio Militar.

Oí por ahí

Que con motivo del Día del Niño el presidente Calderón les va a hacer una fiesta a los infantes. Sí, a los infantes de Marina.