Un entorno de mucho cabo suelto camuflajea hasta las buenas estrategias. Para los observadores optimistas, no hay nada más frustrante que empezar a tirar de cualquiera de los hilos narrativos, emocionarse al toparse con un dije prometedor y después descubrir que aún no conecta con nada más. Desencanta a cualquiera. Con el tiempo, las ganas de tirar y buscar son las que se vuelven difíciles de encontrar. ¿Quién nos asegura que en algún punto algún cabo nos llevará a donde nos prometía llevarnos?

El aligeramiento de la carga impositiva de Pemex, anunciado apenas esta semana, es un buen punto de partida para esta discusión. Liberarle a Pemex desde el gobierno casi 600 millones de dólares anuales de impuestos (de acuerdo con el cálculo oficial) es muy significativo. Esa cantidad de recursos sin duda implicó sacrificios en la hacienda pública mexicana. Es una medida audaz. Pero también se alinea con un diagnóstico profundo, de décadas: fueron muchos los años en los que Pemex fue exprimida por el gobierno federal, dejándola sin suficiente dinero para reinvertir. Hace sentido, como lo planteó el presidente López Obrador, dejarle a Pemex más dinero para invertir. Nos hemos topado un dije de oro. Hay que seguir tirando...

Sólo que no hay por dónde seguirle. Aunque sabemos que se quiere construir una refinería, perforar más, producir más e invertir más, hasta el momento no hay ninguna claridad sobre cómo se van a usar estos recursos, qué criterios de rentabilidad se van a imponer, ni qué estructura de capital se va a emplear. Las preguntas de los inversionistas en Nueva York, que dejaron más que claras sus preocupaciones en público, siguen sin contestarse. La gran mayoría de las advertencias y preguntas de las calificadoras —excepto la de falta de claridad sobre el nivel de apoyo gubernamental, que quedó un tanto despejada con la reducción del nivel de impuestos—, también.

No estamos ante un fenómeno aislado. El plan de exploración y producción, aunque aún muy escueto, tiene varias cosas positivas. El de refinación, aunque tiene varios aspectos cuestionables, también. Hasta la propia refinería —en un contexto de visión contreras, como un proyecto contracorriente que empujaría la frontera de las capacidades de Pemex hacia arriba y hacia adelante y, de ser exitoso, reavivaría por completo el orgullo pemexiano— podría recibir más atención positiva.

Hay más. En realidad, son muchos los cabos que arrancan con algo valioso. Muchos dijes. La lucha antihuachicol, que podría recuperarle a Pemex miles de millones de dólares de producto perdido al año; la pelea anticorrupción, que podría representar otro tanto gigantesco. Seguro hay otros, y no llevamos ni 100 días de gobierno.

Pero los que más de cerca buscan seguirle la pista al hilo están mandando señales claras de que, entre tanto anuncio y ruido, entre proyectos valiosos y otros sin sentido, la estrategia de Pemex se está desdibujando, camuflajeando. ¿Alguien la ha visto u oído recientemente? ¿Realmente convence como un todo?

Ha sido una búsqueda frustrante hasta ahora. Seguirles la pista a diferentes elementos, algunos brillantes en lo individual, no está llevando a algo valioso en su conjunto. Fitch acaba de bajarle la calificación a la deuda de Pemex: en su opinión, el riesgo de que la compañía esté en una posición en la que no pueda cubrir sus obligaciones financieras es ahora dos niveles mayores. Con esto, se unió a Moody’s que tiene a Pemex en la tablita —a un paso de que su deuda pierda el grado de inversión.

La buena noticia, conservando el tono optimista, es que esta historia apenas empieza. Aún hay oportunidades de que los cabos se aten y la estrategia completa aparezca —quizás arriesgada y audaz, pero completa y coherente. Ojalá esto suceda antes de que los optimistas, hartos de sólo encontrar cabos sueltos, dejen de buscarla.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell