A 100 días del inicio formal del gobierno, el panorama para las mujeres en México no sólo es incierto, sino inquietante. Por un lado, se celebra el logro de la paridad en las cámaras y en el gabinete; por otro, se toman medidas tajantes o confusas en asuntos que afectan la vida cotidiana de millones de mujeres. Desde la sociedad se perciben, además, una falta de compromisos con los “temas de género” y posturas encontradas acerca de los derechos humanos de las mujeres.

La paridad es un avance en el camino hacia la igualdad: ser mujer no tiene por qué impedir la participación en la toma de decisiones al nivel más alto. Las mujeres inteligentes o mediocres tienen el mismo derecho que los hombres inteligentes o mediocres a participar en la política o a ejercer una profesión; no hay razón para exigirles a éstas que demuestren ser mejores que ellos en el mismo cargo, actitud común entre quienes cuestionan a las “mujeres poderosas”.

El problema con la paridad, desde una mirada feminista, es que no puede leerse como triunfo de la causa de las mujeres, porque no toda mujer es progresista ni se dedicará desde el poder a mejorar la condición de las demás. Si el poder no se ejerce desde una ética feminista o al menos desde un compromiso con los derechos de las mujeres, poco o nada cambia.

Así, en estos meses, mujeres de todos los colores aceptaron la Guardia Nacional, cuya existencia no garantiza mejores condiciones para la población femenina; otras aprobaron un presupuesto que recorta los dineros para salud y bienestar de millones de personas. Las voces que defendieron los refugios o criticaron el recorte a estancias infantiles no han bastado para revertir el curso de una política más interesada en el clientelismo que en satisfacer las necesidades de las mujeres trabajadoras. Desde esta perspectiva, la paridad es un logro parcial: significa la inclusión de mujeres “empoderadas”, no la transformación del aparato estatal ni, por ahora, de la deficiente política de género.

En lo que se refiere a ésta, el presente y el futuro son grises, pues aunque se han anunciado medidas que indican cierta preocupación por problemas graves, a estas alturas se requiere de mayor claridad. El día 6, la secretaria de Gobernación y la titular de Inmujeres dieron a conocer un “plan emergente” contra la violencia de género; aseguraron que los refugios no desaparecen y quedarán bajo la rectoría del Estado. En realidad se trata de poner en práctica planes y medidas ya existentes, acentuando la importancia de la coordinación entre todos los niveles e instancias de gobierno involucrados, que hasta ahora ha sido una de las deficiencias más evidentes en este campo, como en otros.

Sin duda, revisar las alertas de género, imponer sanciones a funcionarios(as) negligentes u omisos y mejorar y ampliar los refugios son medidas necesarias. Lo que no está claro, empero, es la existencia de un diagnóstico sólido ni de un verdadero plan para prevenir y sancionar la violencia contra las mujeres. Medidas no son programas. Tampoco se ha explicado por qué si la violencia de género en todas las convenciones internacionales se considera un problema de salud pública, aquí se plantea como un problema de seguridad y se atribuye a Gobernación supervisar los refugios. El feminicidio no se debe sólo al crimen organizado, aunque este tipo haya aumentado. La violencia de pareja no desaparecerá con sanciones, sólo se paliará —y es importante— con refugios suficientes: se requiere prevención. Tampoco se entiende por qué, si se sabe que la violencia afecta desde la infancia, no se vincula la prevención de ésta con las estancias infantiles que favorecen la inclusión de las mujeres en el espacio laboral, fortalecen su autonomía y, en principio, ofrecen a niños y niñas un lugar seguro, donde puedan aprender a convivir en igualdad.

Lo que urge es un verdadero reconocimiento del derecho de las mujeres a la igualdad y un programa integral para modificar las relaciones entre hombres y mujeres desde la infancia. Más difícil que lograr la paridad, pero no imposible.

@luciamelp

LucíaMelgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).