Hace un mes apuntábamos en este espacio que luego del asesinato del candidato panista a la alcaldía de Valle Hermoso, Tamaulipas, se encendían los focos rojos por el impacto de la narcoviolencia en los comicios.

Las alarmas vuelven a encenderse, y hay que decir que nuevamente en Tamaulipas, no sólo por el grave hecho de la ejecución del aspirante priísta a la gubernatura, sino ante la desconcertante reacción de la lideresa nacional del partido tricolor.

Lo que tendría que haberse convertido en un parteaguas, en un ¡basta ya! contundente hacia el crimen organizado, amenaza con quedarse en una muerte inútil, que es utilizada por la lideresa del PRI, Beatriz Paredes, simplemente como ocasión de revancha política.

Y no se trata de defender al gobierno federal. Se puede o no estar de acuerdo con la visión y el método calderonista del combate al narcotráfico, pero la crítica tiene límites objetivos: la muerte de un candidato afecta a todos los partidos por igual. Una cosa es cuestionar la estrategia oficial en la lucha contra el crimen organizado y otra es pretender que la amenaza no existe.

De ahí la irresponsabilidad mayúscula de endosar al gobierno el peso de las ejecuciones en general, y la de Torre Cantú en particular, como si fueran consecuencia lógica de un clima de crispación política y confrontación electoral.

Mucho cuidado. No son las campañas ni la guerra sucia , sino la violencia del crimen organizado la que atenta contra el presupuesto básico de la vida democrática, es decir, votar y ser votado en paz y libertad.

La actuación responsable y democrática del PRI no necesita pasar por la adhesión incondicional a la lucha de Felipe Calderón. El reconocimieneto del problema y el señalamiento de los verdaderos culpables serían un buen principio de solución. Transformar el agravio partidista en una condena sin cortapisas a los ataques del crimen organizado en contra de los candidatos de cualquier partido.

La pregunta es si el PRI estará a la altura de las circunstancias o se quedará en la respuesta visceral de Beatriz Paredes. Si el tricolor asumirá una verdadera visión de Estado o se quedará en las recriminaciones electoreras.

De ser así, el estridente discurso de Beatriz Paredes quedará como evidencia de la verdadera alarma tricolor: frente a lo que parecía un día de campo electoral, la amenaza de que las alianzas PAN-PRD logren arrebatarle al PRI sus últimos bastiones históricos.

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