Sobre todo porque Donald Trump gobierna el país más poderoso del mundo. Contra China ya desató una guerra comercial e inició una guerra fría tecnológica. Con los europeos amenaza con sanciones si no compran armamento estadounidense. Con nuestro país emprendió una ofensiva arancelaria, misma que se desactivó tras un pacto migratorio.

A Rusia, Trump le cede el control sobre Siria para evitar un conflicto con Putin. Amenaza a Irán, pero este país tiene el apoyo de Rusia y China, lo que inhibe cualquier maniobra intervencionista. Por ello la respuesta de Irán a la retórica de Trump es la indiferencia. Con Venezuela se contiene debido a que Maduro tiene el apoyo de Rusia y de China.

Trump pega para después negociar ventajas. Es una forma antidiplomática y matonista de actuación. Por ello Putin y Xi hacen alianzas contra la hegemonía de Estados Unidos. Putin en el reciente Foro de San Petersburgo, al que Xi asistió como invitado especial, acusó a Trump del uso de “tácticas agresivas” para abusar de sus competidores. Y añadió que ello supone “un camino hacia conflictos interminables”.

Esto hace ignorar los grandes problemas internacionales que exigen el concurso de los países que tienen liderazgo. Todo se ha estancado porque hay un elefante en el camino.

Está faltando cooperación para enfrentar el cambio climático con medidas más radicales; las decisiones comerciales y tecnológicas están en zona gris; la economía global necesita el fomento para su expansión; las políticas migratorias sufren una fuerte oposición; el Brexit causa horror porque Inglaterra está paralizada desde hace tres años.

Quiero recordar a dos grandes hombres de Estado, uno es Helmut Schmidt, que fue canciller de Alemania y que se distinguió por su prudencia y pragmatismo dijo: “Quien quiera la paz en el mundo debe estar dispuesto a dar algo por ello (...) las reflexiones sobre la propia imagen en el espejo político me han parecido sospechosas. Quien no dialogue con los demás y quien no escuche no podrá entenderles jamás”.

El otro ejemplo es el de Giorgio Napolitano, quien fue un virtuoso de la cuadratura del círculo y que renunció a la presidencia de Italia debido a su edad avanzada, fue heredero de una estirpe de hombres de Estado y dejó como una recomendación lo siguiente: “La serenidad, la razón política y el sentido de Estado son las mejores herramientas para superar situaciones aparentemente irresolubles”.

Lo que es lamentable es que una buena parte de la población estadounidense y de sus élites empresariales apoyan a Trump. A estas últimas no les interesa el Estado de bienestar. Tampoco es halagüeño que, dentro del Partido Demócrata, existan más de 26 precandidatos presidenciales y esté faltando una propuesta de integración.

Por las nefastas sorpresas de Trump el mundo tiene miedo, que es lo que estropea la felicidad. Es dramático que una potencia mundial que se caracterizó por el multilateralismo ahora se aísle y desde ahí agreda.

También en el recuerdo está la muerte de la ilusión comunista que terminó en caricatura. Una de las aberraciones del estalinismo fue rehabilitar con su fracaso la peor característica del capitalismo. Y en China se ha consolidado una economía de mercado con la eficacia del poder estatal que decide al margen de la democracia y de la sociedad. Políticamente recordemos el fracaso del Gorbachov chino: Zhao Ziyang. Y socialmente la represión de Tiananmen.

Todas las ilusiones de la idea de progreso social están esperando que la sensatez y la imaginación sustituyan a la violencia y a la resignación.

SergioMota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.