Los políticos son personas que siempre están buscando. Dónde influir y hacer valer visiones, alternativas y liderazgos, es su tarea esencial. Como la política tiene, por virtud de ley en las democracias liberales, tiempos y procesos preconcebidos, los políticos después de alcanzar grandes metas nacionales, empiezan a pensar ¿en dónde habrán de colocarse, después?; ¿dónde habrán de hacer lo que consideran su aportación a la vida pública? Algunos de ellos piensan, incluso: en la política regional o mundial.

La semana que acaba de pasar, muestra de manera un poco desaseada lo que digo. Alguien convenció al presidente de México de que podría tomar el liderazgo de la izquierda en América Latina. En efecto, el presidente de México y su canciller no pulsaron de manera correcta el clima de lo que en materia internacional estaba sucediendo.

Hagamos un recuento breve. Venido de ningún planteamiento estratégico o táctico, la castillería mexicana propone qué, para los días cercanos a la independencia de nuestro país, habría que tener una reunión de alto nivel de la CELAC. Y, al mismo tiempo proponer la desaparición de la OEA. Hacen algunas consultas que consideraron suficientes y el presidente se lanza con la ocurrencia a proponerla urbi et orbi.

En añadido invita de manera poco usual y en una mezcla poco afortunada, al presidente de Cuba a ser orador ante (realmente) las fuerzas armadas, pues ya sabían que no iba a poder haber público reunido en la plaza central de nuestra ciudad y del país, a celebrar la independencia de México.

Para dotar de cierto contenido a la cumbre de la CELAC, se reúnen los mejores especialistas de la CEPAL, a discutir la situación económica de Latinoamérica. El resultado es catastrófico.

En aras de lograr el liderazgo de facto de lo que podría llamarse la izquierda latinoamericana el presidente de México, manda al último lugar de la gradería al Embajador de los EUA y centra su discurso de la independencia en el levantamiento del “bloqueo” a Cuba. Imprecisión imperdonable en un mandatario, pues el bloqueo no es tal, sino debería decirse “el embargo” que por razones de derecho internacional Estados Unidos de Norteamérica, tiene impuesto ese país a Cuba. De hecho, el sapo es tan grande, que Cuba y los EUA tienen comercio por varios cientos de millones de dólares entre ambos países. Pero eso no es lo importante, lo muy serio es que el discurso se centra en Hidalgo y en Cuba. Con muy poca suerte ha sido recibido el discurso en México, pero tampoco produjo un liderazgo en los países latinoamericanos.

En la reunión de la CELAC, el presidente no recibe apoyo para desterrar a la OEA y, en cambio hasta sus aliados más cercanos se niegan a desaparecer a la OEA, lo más que logra es una comisión que sugerirá como habría que reformar a la OEA. Es decir, el proyecto está muerto. Ah y Paraguay y Uruguay aprovechan el foro para denostar a Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Finalmente, la CEPAL hace un recuento de los problemas económicos derivados de la pandemia y concluye que no sólo se han agudizado las desigualdades, en todos los países, sino que es urgente recobrar crecimiento a como dé lugar. ¿Adivinen de la mano de quién? Pues si, de los EUA.

Conclusión: el proyecto por alcanzar el liderazgo a través de darle la espalda a los EUA, clausurando la OEA y creando una asociación regional, fracasa. Y del discurso y la exigencia del presidente de levantar el bloqueo, el gobierno de aquel país a través de su embajada contesta (cito de memoria). El gobierno de EUA está convencido de que el embargo a Cuba es un asunto que compete a ambos países. México y EUA deberíamos concentrarnos en la solución de nuestros problemas y agenda mutua. Nada más, pero nada menos tampoco.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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