El aumento de impuestos selectivo de Obama es popular, pero no efectivo para lograr una recuperación.

Estados Unidos ha enfrentado conflictos poselectorales serios, como en la elección presidencial del 2000, cuando con una elección muy poco clara en Florida, George Bush ganó la presidencia a Al Gore a pesar de haber obtenido menos votos que el demócrata.

Se habló de ratón loco, urnas embarazadas, operación tamal (o allá sería operación hotdog)..., en fin, de todo ese catálogo de trampas electorales.

Pero, tan pronto como la Suprema Corte dio la última palabra y dijo que Bush había ganado la Presidencia, todos regresaron a lo suyo. Porque entienden el valor de las instituciones para el correcto funcionamiento de su país.

Claro que la envidiable institucionalidad estadounidense no es sinónimo de pulcritud político-electoral.

Allá, como acá, los políticos en puestos públicos hacen proselitismo por sus partidos. La diferencia es que en Estados Unidos demócratas y republicanos lo toleran.

Acá, sólo Marcelo Ebrard se atreve a presentarse como candidato a Secretario de Gobernación, porque sabe que tiene el manto protector de la izquierda revoltosa que sólo ve mal lo que hacen los demás.

Tanto de este lado del río Bravo como de aquél, la parálisis legislativa es un síntoma de una competencia electoral infiltrada en las funciones de gobierno.

En México, se canceló la aprobación de la reforma laboral porque el partido que la propuso calculó que el Presidente sería beneficiario, así que al PRI no le importó dejar miles de trabajadores afectados por este cambio ausente.

Ahora, ya se inscribe esta reforma junto con la energética, fiscal y hasta política entre los temas de mayor trascendencia para el gobierno que está por entrar en funciones el 1 de septiembre en el Legislativo y el 1 de diciembre, en el Ejecutivo.

En Estados Unidos, los republicanos frenaron un paquete de cambios que proponía Barack Obama para dinamizar la generación de empleos. Y todo, por las simples matemáticas de que una tasa de desocupación superior a 8% resta votos al demócrata. Pero se han dejado de lado en ese país cambios muy importantes que hoy se convierten en focos rojos, como la corrección fiscal.

Los cambios en la forma de cobrar impuestos y gastar dinero del gobierno estadounidense ha acumulado vicios terribles, propios de la época de bonanza y finanzas sanas.

Pero hoy la actividad económica es mediocre y el déficit fiscal estadounidense es un tema de preocupación mundial, porque si esa economía tropieza, todos nos vamos con ella.

Grecia o España nunca creyeron que se acabaría su capacidad de jugar en la raya. Y, cuando la recesión terminó con su suerte, no tuvieron dinero para pagar todas las deudas que contrajeron para fingir un primer mundo.

Pero no se trata sólo de estos países de media tabla. Japón es una máquina de alta precisión electrónica que se daba el lujo de mantener una deuda superior a 200% de su PIB, un déficit fiscal de 12% y además, un estancamiento económico. Todo, sin perder la confianza mundial.

Pero los desacuerdos políticos parecen ser también el talón de Aquiles de esta maquinaria nipona, que hoy amenaza al mundo con empeorar las cosas.

En medio de las campañas electorales, con un empate técnico entre el candidato demócrata y el republicano, nadie habla de la necesaria corrección fiscal. Al contrario, siguen gastado dinero en sus promesas.

Obama aseguró que buscará mantener durante un año más los estímulos fiscales que impuso su antecesor George W. Bush, pero sólo en lo que toca a las clases medias.

El discurso de que paguen los ricos es muy de la izquierda hipermoderada que representa el Partido Demócrata.

Mientras que la derecha tenuemente radical del Partido Republicano pugna por bajar gastos en los programas sociales estrella de Obama, que son el MediCare y el MedicAid.

El aumento de impuestos selectivo de Obama es popular pero quizá no efectivo para lograr una recuperación económica. La progresividad es un hecho de justicia fiscal, pero si se cobran más impuestos a los que generan empleos, simplemente, mantienen la parálisis.

Los que eligen con sus votos en ese país se podrán encontrar discursos atractivos. Pero los que seleccionan ese mercado como alternativa de inversión se encuentran con el peligro de un mercado que ha decidido fragilizarse ante la lucha por el poder político.

ecampos@eleconomista.com.mx