No me refiero a la situación política del país. Literalmente, el título de esta columna alude a un problema creciente y abrumador de generación de basura, y de incapacidad para manejarla adecuadamente y disponer de ella en términos ambientalmente sostenibles. Es un problema global, especialmente el que causan los plásticos y diversos materiales compuestos utilizados en bolsas, envases, empaques y embalajes por comercios, la industria de alimentos y bebidas y por un conjunto numeroso de productos de consumo. Más de 8,000 millones de toneladas de plásticos han sido producidos en las últimas décadas en nuestro planeta, la mayor parte de este volumen incluye plásticos difícilmente degradables y no reciclados o reciclables. Se trata de PET, polietileno de baja densidad, polietileno de alta densidad, polipropileno, poliestireno, y una cada vez mayor y vasta gama de materiales compuestos integrados por metal, cartón y plástico. Saturan océanos, ríos y otros cuerpos de agua, cañadas, playas, derechos de vía, y espacios públicos, además de los rellenos sanitarios o tiraderos donde se intenta confinarlos de alguna manera. No sólo impactan al paisaje y a bienes públicos ambientales, sino también a suelos y recursos hídricos, además de afectar a miles de especies terrestres y marinas, y de integrarse en cadenas ecológicas en forma de microplásticos que son retornados al ser humano con serias consecuencias potenciales a la salud.

Los plásticos y sus impactos son una típica externalidad creada por comercios, industria manufacturera de bienes de consumo y por los consumidores mismos. Son costos transferidos a terceros o a la sociedad en su conjunto, incluso a generaciones futuras. El mercado falla, y no existen precios que permitan cerrar los circuitos completos de producción y consumo, o cadenas de valor de los materiales involucrados. Los gobiernos locales, quienes tienen las facultades y responsabilidades de lidiar con el problema a través de servicios de aseo, recolección y disposición final, son por lo general incapaces o incompetentes o simplemente rebasados. En ciudades y países civilizados recurren a combinaciones de diversos instrumentos de política y soluciones tecnológicas e institucionales, con mayor o menor éxito. Tal es el caso de esquemas de alianza público-privada, servicios eficientes de disposición, aseo urbano y recolección, sanciones a infractores, plantas generadoras de electricidad que aprovechan el poder calorífico de la basura (termovalorización), rellenos sanitarios con ingeniería de altas especificaciones y sistemas de reciclaje. Desgraciadamente los sitios aptos para construir rellenos sanitarios son cada vez más escasos, no sólo por razones técnicas y ambientales, sino por la oposición de habitantes locales. Por su lado, el potencial de reciclaje es muy limitado, y se reduce a porcentajes máximos posibles de entre 10 y 20% del total de los plásticos involucrados; esto, por razones técnicas, económicas y logísticas, y por el simple hecho de una participación creciente en las corrientes de residuos de materiales compuestos muy difíciles o imposibles de reciclar. Lo anterior es adicional a que la generación de residuos per cápita se incrementa directamente con el aumento en el ingreso de la población y con modificaciones en los patrones de consumo.

Hoy por hoy, por ejemplo, en México, cada uno de nosotros produce más de 1 kilogramo de basura todos los días, 120,000 toneladas diarias o 44 millones de toneladas anuales, de las cuales 12% son plásticos.

En México, no existe una política nacional de manejo de residuos. Actualmente, es muy improbable que alguna se diseñe y aplique desde el gobierno federal, dados los recortes presupuestales y despidos masivos de personal que ha sufrido la Semarnat, independientemente del desinterés que ha manifestado el gobierno de la 4T por temas ambientales. Sin embargo, debe afirmarse, aunque sólo sea como clamor en el desierto, que a escala de ciudades pequeñas y medianas, es indispensable el desarrollo de sistemas eficaces de recolección operando en tándem con rellenos sanitarios locales o regionales. En grandes zonas metropolitanas es esencial promover alianzas público-privadas para la construcción de termoeléctricas de basura (termovalorización de residuos) bajo la normatividad más estricta posible en cuanto a emisiones a la atmósfera. A escala federal, un gobierno ambientalmente lúcido promovería regulaciones de vanguardia (incluyendo prohibiciones a ciertos plásticos de alto impacto) y un sistema de premios fiscales a municipios, así como mecanismos ágiles de financiamiento a través de la banca de desarrollo. También un gobierno de ese tipo modificaría la ley o promovería con la Iniciativa Privada la creación de un sistema de responsabilidad extendida a las empresas productoras de bienes de consumo. Éste conllevaría un fideicomiso privado con aportaciones de las empresas para hacerse cargo de financiar la recolección, acopio, reciclaje o aprovechamiento energético de todos sus envases, empaques y embalajes; al estilo del Grüne Punkt que opera en Alemania y otros países. Pero es sólo un sueño. Seguiremos ahogados en basura...

GabrielQuadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.