¿Qué significa que el Secretario de Hacienda nos diga que hay que estar preparados ante la depreciación del peso frente al dólar?

¿Simplemente destacar lo obvio para una moneda pequeña como el peso mexicano ante los embates que vienen por los movimientos de capitales ante el previsible incremento de las tasas de interés?

¿O es una invitación oficial a que todos corramos a comprar dólares porque el titular de las finanzas públicas está anticipando una devaluación?

Lo mejor del sistema cambiario mexicano es que hemos aprendido a convivir con él. Tomamos con mucha más naturalidad sus movimientos. Y lo mejor es que sus altibajos han afectado poco el ánimo nacional.

Por eso, lo que menos necesitamos es que nos remuevan las viejas heridas ochenteras. No es muy conveniente que se asuman posiciones sobre el nivel del tipo de cambio desde el poder público, porque es inevitable no acordarse de la sesuda definición técnica, econométrica de José López Portillo sobre la relación cambiaria de la moneda nacional: Defenderé el peso como un perro .

Ahora, Ernesto Cordero nos anticipa una depreciación del peso pero nos invita a tomarlo con naturalidad. Y resulta muy difícil permanecer impávido ante esta expectativa si lo dice el titular de Hacienda.

Y no es que sepa algo que el resto del mercado no pueda anticipar. No implica que desde las oficinas públicas se prepare una nueva devaluación como las de antaño. Es simplemente ese incontenible deseo de hacer declaraciones.

El sistema cambiario mexicano es denominado libre, pero en realidad tiene las manos públicas metidas para evitar movimientos abruptos. Entre Petróleos Mexicanos y el Banco de México compran y venden como válvula de escape.

Y si en algún momento la cotización se mueve mucho en una sola sesión, abiertamente hay una intervención. Lo cual tiene mucha lógica en un mercado cambiario tan delgado y que afecta tanto anímicamente a todo un país al que le ha dolido hasta en su patriotismo cada devaluación.

Ya tuvimos la relación peso-dólar arriba de 15 y regresó. Está por debajo de los 12 y va a subir. Y así hay que verlo con más naturalidad, con menos alarma.

Ahora, es cierto: éstos son tiempos de turbulencias. La semana pasada se volvió a demostrar el enorme poder desestabilizador que tiene la especulación.

Las drásticas caídas en los precios de las materias primas no respondieron para nada a bajas reales en la demanda de insumos, producto de una desaceleración económica. No, la baja en esos precios en los mercados respondió a operaciones financieras.

Si el petróleo puede bajar de 120 dólares por barril a menos de 100 en una semana, no es solamente porque el mundo consume menos combustibles ante su alto precio, es porque los que especulan con su precio se dan cuenta de que por ahora deja de ser negocio apostar tan fuerte a energéticos caros.

Lo que ocurrió con la plata es un buen ejemplo de que quién manda en los precios. Resulta que el Chicago Mercantile Exchange decidió la semana pasada elevar el boleto de entrada para las coberturas de la plata, justo para evitar tantas posiciones especulativas que habían ya llevado el precio del metal a máximos históricos.

A partir de hoy, el monto mínimo para los depósitos será de 21,600 dólares, contra los 11,745 de antes, así que muchos mercenarios financieros optaron por dejar rápidamente este mercado y le provocaron al metal la peor caída en su precio desde 1975.

Pero esto es producto de la invasión masiva de dólares que sufre el mundo, provocada por las tasas de interés tan bajas. Y agravada por la impresión de cientos de miles de millones de dólares por parte de la Reserva Federal como mecanismo de reactivación económica.

Así que, es verdad, cuando empiece el proceso de corrección de estas políticas monetarias híper laxa veremos estos movimientos y mucho más. Los capitales que entraron a los países emergentes en busca de algún rendimiento van a salir. No hay duda.

El punto es qué tan conveniente resulta generar una expectativa devaluatoria entre los agentes económicos que realmente nada tienen que ver con un mercado cambiario.

¿Tiene sentido que una familia de clase media guarde bajo su colchón 500 dólares? ¡Ningún sentido!

La verdad es que mientras menos expectativa haya de una depreciación cambiaria es mejor para contener el impacto en la economía de bolsillo.

Así que basta de decirnos que ahí viene el lobo devaluatorio.