En la primera entrega se mencionaron indicadores de sostenibilidad que permiten corroborar el impacto de las decisiones en las actividades agrícolas, a continuación abordaré dos componentes con sus respectivas variables de consideración

Aunque el cálculo de la huella ecológica es complejo, las variables que se toman en cuenta son la cantidad de plaguicidas sintéticos usados y la deposición de nitrógeno como elemento nutricional utilizado durante el desarrollo del cultivo.

Así, mediante el uso de métodos alternativos y organismos benéficos se coadyuva a mantener en equilibrio el agroecosistema con presencia de plagas por debajo de umbrales económicos que permiten la producción sin el uso de agroquímicos.

El manejo integrado y agroecológico de plagas es un tercer componente de un modelo de agricultura sostenible.

El combate de las malezas, que compiten con el cultivo por agua, nutrimentos y espacio físico, es un área de oportunidad en el que se establecen técnicas efectivas para la minimización en el uso de herbicidas, siendo las coberturas naturales que promueve la labranza de conservación una contribución para dar solución a esta problemática.

Para fines de hacer un uso adecuado de fertilizantes, la agricultura sostenible se apoya de procedimientos de diagnóstico del suelo por medio de análisis químicos, así como de la consideración de los requerimientos nutricionales del cultivo y de la implementación de técnicas de monitoreo que permiten dictar recomendaciones que inducen a aplicar solo el complemento requerido sin abusar de los fertilizantes.

También se promueve la práctica de la incorporación de microorganismos benéficos que protegen y estimulan las raíces de las plantas e incrementan la fertilidad de los suelos. Un cuarto componente de la agricultura sostenible es la nutrición balanceada.

Los factores de emisiones de gases de efecto invernadero que las prácticas agrícolas generan también es una variable de medición. Aspectos importantes como el volumen de diesel anual empleado y también el consumo de energía eléctrica tiene implicaciones en la liberación de CO2 al ambiente. Un litro de diesel en promedio emite a la atmósfera 2.596 kg de CO2.

Como en el sistema de labranza de conservación los pasos de maquinaria son mínimos, en un ciclo normal de manejo el consumo de diesel por ciclo de producción es de 70 litros, mientras que en el sistema convencional de producción con varios pasos de maquinaria por ciclo superan los 100 litros, lo cual implica en comparación con este último dejar de emitir al menos 77.9 kg de CO2 al medio ambiente, además de gas metano y óxido nitroso.

Por otro lado, la labranza de conservación beneficia al agricultor en la disminución de sus costos, logrando rendimientos competitivos y, en consecuencia, obteniendo una mayor relación beneficio-costo que implican mejores expectativas en cuanto a calidad de vida.

Todo lo anterior es posible observarlo en el Centro de Desarrollo Tecnológico (CDT) Villadiego, de FIRA, integrante de la Banca de Desarrollo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, ubicado en Valle de Santiago, Guanajuato, el cual ofrece la capacitación requerida para la implementación de un modelo de agricultura sostenible.

*Carlos Torres Barrera es jefe de Departamento del CDT Villadiego de FIRA. La opinión aquí expresada es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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