El aprovechamiento de los recursos naturales de manera sostenible implica la conservación y mantenimiento de la fertilidad de los suelos, evitar la contaminación de agua y cuidar los agroecosistemas para fomentar la producción de alimentos sanos, con calidad nutrimental y en volúmenes que satisfagan las necesidades de una población creciente, que garantice la supervivencia de las actuales y futuras generaciones

En nuestro país la labranza de conservación se practica principalmente en la producción de granos, como es el caso de maíz, sorgo, trigo y cebada; y en algunas leguminosas.

Consiste en realizar un mínimo movimiento del suelo, manteniendo los residuos de cosecha o rastrojo en el propio terreno, generando con esto una cobertura natural que debe ser al menos en 30% de la superficie del suelo.

Con el propósito de medir y dar a conocer los beneficios que genera la labranza de conservación, FIRA, como parte de la Banca de Desarrollo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, a través de su Centro de Desarrollo Tecnológico (CDT), Villadiego, uno de los cinco centros que la institución tiene en el país, transfiere esta tecnología desde 1986 y ha generado indicadores de sostenibilidad que enmarcan niveles de referencia que permite comparar las ventajas de este sistema con respecto a los métodos convencionales de producción, siendo un elemento constituyente de agricultura sostenible.

Desde el punto de vista ambiental es factible cuantificar la huella hídrica, la huella ecológica y la huella de carbono que arrojan las decisiones de manejo agronómico.

Desde el punto de vista económico se determinan los efectos sobre los costos de producción y los niveles de rentabilidad generados y desde el punto de vista social se pueden evaluar los beneficios por medio de sus implicaciones en la mejora de la calidad de vida y la salud.

Un segundo componente del modelo de agricultura sostenible es el uso racional del agua.

La huella hídrica o de agua que dejan las prácticas agrícolas se refiere a los volúmenes totales empleados de este recurso para la producción de un bien o servicio.

Se cita que la agricultura utiliza 70% del agua dulce mundial extraída de acuíferos, arroyos y lagos; y para la producción de alimentos los requerimientos tienden a ser impactantes, más cuando los sistemas de producción aplican bajos criterios de uso eficiente del agua.

En cuanto a cifras específicas de consumo de agua se puede citar que una tonelada de maíz requiere 1,544 m3 de agua; una tonelada de trigo consume 1,300 m3; una tonelada de frijol consume 4,642 m3; una tonelada de soya consume 1000 m3 y para cebada 1,418 m3 por tonelada producida.

Con el sistema de labranza de conservación es factible obtener un ahorro de agua de 15 a 20% en riego por gravedad y de 40 a 50% con riego por goteo.

Lo anterior gracias a la cobertura natural que se mantiene en el suelo y a la tecnología de riego empleada.

En una segunda parte se citarán los siguientes dos componentes que dan fe de la implementación de técnicas favorables en la agricultura.

*Carlos Torres Barrera es jefe de Departamento del CDT Villadiego de FIRA. La opinión aquí expresada es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA

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