Lo que se avecina, dicen los expertos, es peor que cualquiera de las crisis económicas de las que tengan memoria las generaciones vivas en México.

Así de apocalíptico nos lo pintan.

No pretendo cuestionar la oscuridad del panorama ni la incapacidad de los gobernantes para ver más allá de la cifra diaria de enfermos que es muestreo. No, hoy quiero escribir sobre lo que podríamos hacer tras aceptar que el agujero es oscuro y hondo, y que estaremos un largo rato en él. Por algún lado hay que empezar y ese lado puede ser la actitud hacia el gobierno, la actitud hacia el entorno y por la actitud hacia los mexicanos que serán.

Lo primero es dejar de esperar la respuesta desde Palacio Nacional o desde cualquier casa de gobierno en los estados. Algo podrán hacer, si hacen, pero en este agujero, el de largo plazo, no sólo no contamos con el gobierno, sino que puede ser un estorbo. Presidente: no dije florero. Escribí estorbo. Para muestra basta ver el destino del gasto público, el penoso papel del SAT o la movilización privada para donación de equipo médico.

Lo segundo es privilegiar el bienestar de quienes nos rodean en círculos concéntricos. La familia nuclear, el condominio, el barrio, la ciudad en la que habitamos. Qué necesitan los que están cerca de nosotros, qué consumo es útil para todos, qué trueques funcionarán, cómo conectamos el consumo y la producción de bienes y servicios que todavía operan en nuestro entorno.

Lo tercero es pensar en el atorón educativo, porque eso es pensar en nuestra población y nuestro país en el largo plazo. En los mexicanos que serán. El atorón del presente es un atorón en un camino de por sí torcido para las generaciones que aprenden el mundo y están en edad escolar.

Si el panorama es la mitad de negro de lo que lo pintan en términos económicos, este año escolar ya está perdido: no se le puede pedir a las familias mexicanas que se encarguen de salir a flote y al mismo tiempo que busquen conexión para mandar la tarea de álgebra que tanto trabajo les costó hacer con su hija adolescente.

La currícula del 2020 ya se perdió y un porcentaje aún desconocido de los 36 millones de educandos dejará la escuela; los índices de deserción serán alarmantes. Es lo previsible. Por otra parte, algo se ha ganado con este atorón educativo. Primero, se adelantó en pocas semanas en el engranaje de un sistema educativo de emergencia y sin infraestructura física. Segundo, se debaten los aprendizajes fundamentales y la pertinencia de formar personas que sepan aprender y se entusiasmen por el conocimiento a su manera y sin el aula. No es poca cosa, aunque sean pocos casos.

Este año ya valió, pero se sembró algo para nuestro sistema educativo y nuestra manera de concebir el papel del gobierno en éste.

Cierro con eso, y estoy consciente de que estas tres reflexiones no son exhaustivas, pero creo por aquí hay que empezar: por lo que esperamos de Palacio, por lo que procuramos en el barrio y por lo que formamos en los que llegan a la vida adentro del agujero. 

 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.