Hace dieciséis meses y medio, una mayoría exigua del Parlamento de Cataluña iniciaba el capítulo final del que debía ser la creación de una república independiente en el sureste de Europa.

Para lograrlo, en primer lugar decidieron crear leyes que rompían con la legislación vigente -6 y 7 de septiembre- representada en el Estatuto de Cataluña y la Constitución española.

En segundo lugar, el 20 de septiembre, quisieron impedir el registro judicial en el departamento de Economía de la Generalitat. En tercer lugar, a pesar de todos los avisos y advertencias previas, organizaron y ejecutaron un referéndum de autodeterminación el 1 de octubre. Ese mes aciago se cerró el día 27 con una declaración de independencia que no apoyó ni un solo país. La Generalitat fue intervenida por el Estado español usando el artículo 155 de la Constitución.

El martes, 12 de los presuntos culpables de aquellos acontecimientos se sentaron en el banquillo de los acusados para iniciar su juicio.

En ningún caso se juzga a los acusados por el daño moral causado al conjunto de la sociedad catalana, por su insistencia en dividir Cataluña entre buenos y malos, por haber generado una ola de pánico económico que abrió las puertas a la fuga de empresas de todos los tamaños.

No se juzga a los acusados por el nivel de estrés causado a centenares de miles de catalanes en aquel mes fatídico, donde el temor se apoderó de muchas personas. No se juzga a los acusados por haber ayudado a generar la ruptura de relaciones familiares o por haber generado silencios eternos en conversaciones con amistades y conocidos. Nada es ya igual.

Tampoco se juzga a los acusados por haber propiciado que poblaciones, otrora limpias y tranquilas, paisajes idílicos, estén llenos de plásticos de color amarillo, pintadas en paredes y lugares públicos. Autodestrucción estética. Los acusados no serán juzgados porque compañeros políticos suyos, gracias procés, estén siendo increpados, insultados y amenazados. Incluso, qué paradoja, uno de los que está sentado junto a ellos en el tribunal, Santi Vila, ha sido tildado de traidor y enemigo de la patria catalana. Más importante aún: no se juzga a los acusados porque hoy son muchos los catalanes, enamorados de esta tierra, que no saben si éste es el mejor lugar para educar a nuestros hijos y progresar personal y profesionalmente.

“Nunca imaginé que llegarían tan lejos. Cuando fui consciente, decidí abandonar el govern”, me confesaba hace unos días un exconsejero de la Generalitat. Era antes del verano del 2017. Pocos creímos que la Generalitat saltaría al vacío. Todos esperábamos, ¿o era un deseo?, el freno. “Junqueras ve más expectativas que incertidumbres”, titulaba Expansión la cobertura de las jornadas sobre economía del 22 de junio de aquel año en que había participado el vicepresident de la Generalitat. Siempre afable, Oriol Junqueras, dispuesto a dar lecciones sobre todos los temas posibles e imposibles, es quien puede salir peor parado del juicio.

El desgraciado movimiento separatista catalán ha marcado la agenda política española de estos años. Qué tiempo perdido mientras el mundo se mueve hacia otras direcciones. Desconoceremos el lucro cesante y las consecuencias a medio y largo plazo que seguirá generando el enquistamiento actual.